martes, 29 de julio de 2014

Altos vuelos




El enfado remitía. Ya estábamos sentados en nuestros asientos en el avión rumbo a Roma. Era un viaje de negocios pero había logrado convencerme de que la llevara conmigo. Apenas iba a tener tiempo para atenderla; pero fuese como fuese, allí estábamos, con la cara larga y distantes… muy cerca físicamente, pero distantes en el pensamiento. 

Habíamos discutido días antes, cuando se había enterado de mi viaje, al intentar convencerme de que no lo hiciera, argumentando que ya nuestra pareja estaba herida de muerte; al hacer las maletas, simplemente por el número de mudas que llevaría o sólo porque era una celosa compulsiva obsesionada con que mis viajes eran sólo una escusa para distanciarnos y buscar a otra mujer en el camino.

Mi empresa me obligaba a sendos viajes de negocios; hasta en cuatro ocasiones cada mes. A países diferentes, por diferentes motivos, y con una agenda tan apretada que apenas me dejaba disfrutar de las vistas o de los lugares que visitaba. Chloe no entendía mi estrés, ni mi falta de ganas de vivir con ella. El sexo se había convertido en algo tedioso, aburrido, repetitivo y desagradable en ocasiones: era un cumplimiento del deber marital. Estaba harto de todo. Había pensado en dejarla, pero en el fondo era una buena persona, a la que había querido mucho… y deseado más. Aquel fulgor que mostramos en la adolescencia, cuando irrefrenablemente nuestros cuerpos se fundían en uno hasta desfallecer había cedido al desencanto de la monotonía de un matrimonio joven de edad pero envejecido por la falta mutua de iniciativas que hiciesen renovar nuestro amor y deseo.

Chloe había intentado en ocasiones llamar mi atención y seducirme a base de burdos métodos más o menos provocativos, y, aunque tenía un cuerpo delicioso, mi cansancio y estrés hacían que mi deseo por ella fuera cediendo a complacerla en el suyo más que en el mío propio.

Sí, tenía mis fantasías propias, en las que incluía a mi mujer, y me masturbaba en muchas ocasiones solo con el pensamiento de llevarlas a cabo. Pero ella era muy remisa, religiosa y algo antigua en cuanto a sus tendencias sexuales. Cuando había intentado simplemente atarla, pegarle alguna torta en sus nalgas o simplemente lamerle el ojete de su magnífico culo, se retraía como un caracol y se escondía en su caparazón para no salir en mucho tiempo de su escondrijo.

- ¿No me hablas George? El viaje va a ser muy largo –me dijo cortésmente, pensando que al ser un viaje intercontinental, estaríamos en el aire más de catorce horas.

- Debo terminar esto cariño. Después… ¿vale? –Le dije, pegado a mi portátil intentando terminar la estadística de ventas que debía defender al día siguiente en la comisión de valores de la entidad.

- Ok –asintió con una mirada dulce y complaciente. Estaba orgullosa de haberse salido con la suya. Iba a acompañarme por primera vez en años. Me tendría controlado, así no ligaría. Para ella, así me lo hacía entender, era el hombre más atractivo del mundo.

Había jugado al rugby en la universidad, y fue en un partido dónde la conocí. Fue un flechazo. No habíamos cambiado demasiado físicamente. Seguíamos siendo apetecibles el uno para el otro. Era desconcertante el cambio que la monotonía obra en todas las parejas, hasta ahogarlas en el mar del hastio.

No habíamos tenido hijos todavía y nuestros cuerpos seguían estando en forma. Pero ella no trabajaba y se preocupaba en demasía del hecho de que yo, todo el día investido en trajes de marca caros, seduciría a alguna mujerzuela y la dejaría. Los hombres sois todos iguales, cuando una tía os entra a saco, todos pensáis con el pene –me decía una y otra vez. Tendría yo tiempo para fijarme en las mujeres. ¡Qué tontería!

Estaba tan ensimismado en mi tarea que apenas percibí el mensaje sonoro que desde la cabina nos hacía llegar el comandante de vuelo acerca del inminente despegue en condiciones climatológicas ideales cuando, instintivamente, alcé la vista para contemplar la estrepitosa entrada de una azafata que se incorporaba tarde al vuelo y que estaba siendo reprendida, de forma disimulada, por el que parecía ser el jefe de los azafatos, un chico alto y bien parecido que desdibujaba sus gestos de una forma grotesca para imponerse a su subordinada.

La chica tendría unos veintitantos años, muy guapa, alta y morena de piel. Tenía facciones muy finas que contrastaban con lo grueso de unos labios carnosos y prominentes, una pequeña nariz y unos grandes ojos negros adornados por unas grandes y rizadas pestañas. Todo ello armonizaba con un pelo oscuro que parecía alisado adrede y que tenía recogido con un coco dejando ver un cuello delicioso.

Sus ademanes eran delicados pero rotundos. Decidida… en una palabra. Y con gestos que me parecieron extremadamente sensuales. El bombón estaba adornado por un uniforme blanco e inmaculado, de chaquetilla y minifalda. No tuve más remedio que, disimuladamente, escorarme lateralmente para ver como andaba por el estrecho pasillo, con unas pantorrillas de infarto y unos muslos que delataban ejercicio físico regular. ¡Qué mujer!, pensé sin dejar traslucir en mi semblante gesto alguno, para que mi mujer no apreciara nada. Craso error, las mujeres son más largas…

-  ¿Qué pasa? Llega tarde ¿no? Será muy maja la azafata pero no tiene vergüenza… éstas llevan una vida… -dijo Chloe reprobando la actitud de la chica a la que el chaparrón de miradas no parecía languidecer.

Mi instinto masculino se solidarizó con la auxiliar de vuelo. Estaba para mojar pan y le dediqué una media sonrisa que ella identificó complacida. Me sonrojé levemente. No estaba acostumbrado e ese tipo de flirteos.

Cuando llevábamos una hora de travesía, eran las 9:00 horas p.m., pasaron a preguntarnos por el menú que querríamos para la cena.

- Hola, buenas noches, Soy Maggie ¿Qué van a tomar? –mientras nos facilitaba una carta de comidas.

Era ella, de cerca me pareció todavía más atractiva. El timbre de su voz era de una calidez evocadora. Cuán afortunado sería aquel que gozase de momentos de pasión con tan bella amazona.

Cenamos, hablamos, tomamos una copa y a las 11:35 horas p.m. Chloe me dijo que iba a intentar conciliar el sueño, el día había sido muy largo y quedaban muchas horas de viaje. Yo le dije que iba a ver una película que ponían a las 12:00. Chloe estaba acostumbrada a mi estrés, mi falta de sueño y a irse a la cama sola. Nos dimos un beso de buenas noches.

A los cinco minutos sentí la necesidad de acudir al baño. Mejor ir ahora que con la película empezada. Me levanté de mi asiento y al avanzar por el pasillo las luces pasaron de tenues a muy tenues, acompañadas por un leve “Dinng” electrónico que significaba el cambio de ambiente para que los pasajeros pudiesen dormir con comodidad. Dicho cambio me dejo por un instante con la vista nublada y tropecé.

- Perdón –dije instintivamente en voz baja.

- No se preocupe, pasa a menudo –me respondió una voz sensual extraordinariamente conocida. Era Maggie. Mi azafata, mi deseo… mi fantasía. 

Sonreí levemente y miré por encima de las cabezas de los pasajeros hacia el asiento de mi esposa. Casi como si hubiese cometido una infidelidad. Chloe dormitaba plácidamente.

- ¿Deseaba algo? –dijo susurrando, con una voz cada vez más apetecible.

- ¡No! Iba al cuarto de baño –respondí mirando fijamente sus perfilados labios.

- El de la derecha está libre. Si desea algo más no dude en pedirlo. Estoy aquí mismo –señalando un pequeño office muy cercano a los servicios que dejaba ver unos estantes con todo tipo de pequeñas botellitas de licores y refrescos.

- Gracias, muy amable.

Y entré al servicio mordiéndome los labios y fantaseando con mil y una aventuras sexuales con Maggie, esa pedazo de morena de carnes prietas. Oriné y me miré el miembro enaltecido por mis pensamientos morbosos. Era terrible pensar en desear a alguien que no era mi mujer. No estaba acostumbrado a ello. Y aunque había soñado en más de una ocasión con la infidelidad y llevar a cabo mis sueños más tórridos no disponía del valor necesario para llevarlos a cabo. Me consideraba y repetía mentalmente: soy un hombre fiel.

Al salir del servicio la vi de espaldas preparando alguna bebida. Era espectacular, de proporciones perfectas. La anchura de sus hombres eran justas para la altura de su talle, lo estrecho de su cintura contrastaba amablemente con la anchura de sus caderas, que dejaban paso a unas largas piernas cuyas curvas me mareaban. Me pilló mirándole el culo y dijo:

- ¿Y ahora tomará una copa conmigo?

- Eh… bueno… es que…

Sonrió al ver mi cara indecisa. Sabía del poder que ejercía sobre el género masculino y ejecutaba sus actos con la displicencia propia de un ama. Estaba claro: me había sometido. Me encantó la idea. Era su esclavo.

Hablamos tanto rato que la película había desaparecido… y quizá la industria del cine… o el mundo entero. ¡Qué más daba! Estaba disfrutando de un placer muy particular… el coqueteo. No lo había practicado nunca y me parecía muy gratificante. Sonreíamos y charlábamos acerca  de temas diversos: el trabajo, política, los sueldos, la sociedad… ¡Daba igual! En algunos momentos se producían breves silencios y nuestras miradas recorrían nuestros cuerpos para volver a unirse en una sensación de complot emocional muy intenso. Había atracción por parte de ambos. Una frase de Maggie terminó con la conversación.

- En media hora en el lavabo masculino –dijo señalando con el dedo.

Me di la vuelta y me dirigí a mi plaza tambaleándome por el alcohol ingerido y embriagado por la promesa de una infidelidad inminente. En mi cerebro rebotaban el SI y el No al mismo tiempo. Me mordía los labios de nuevo. No veía una mierda.

Me senté al lado de Chloe. Roncaba levemente con una parsimonia lenta y acompasada. Qué ajena estaba a todo. Qué cabrón me sentí por un instante. Pero… ¿Cuántas ocasiones se presentan así en la vida? Todavía me sentí más cabrón. ¿Cuántas se le habrían presentado a Chloe? Y las habría rechazado. Sí, las habría rechazado, claro. Ahora no debía pensar en eso, deseaba serle infiel a mi esposa y al mismo tiempo iba a juzgarla por mi actitud… o por su supuesta actitud. Me estaba volviendo loco.

Miraba el reloj a cada instante. Quedan 10, 7, 5 minutos. Voy a hacerlo. No voy a hacerlo. ¿Qué hago?

Lo hice. Me levanté sigilosamente, no tras mirar un periodo infinito la cara de Chloe. Debía cerciorarme de su plácido sueño. Dicen que el primer sueño es el más profundo.

En el avión solo sonaba el leve zumbido de los reactores a velocidad de crucero. Estaba siendo un viaje muy tranquilo. Apenas se apreciaban las turbulencias y vaivenes que había experimentado en otros vuelos. Eso sí, no veía un carajo, y temía que en mi estado de borrachera tropezara o molestara a algún pasajero que pudiera delatar mi traslado. Llegué al servicio pronto, Maggie no estaba, apagué la luz y no eché el pestillo y esperé sentado en el wáter unos instantes. Estaba tan nervioso que no la noté entrar. Escuché el sonido del pestillo que se cerraba mientras olía su perfume. No dejé que se diese la vuelta y la agarré por detrás.

Con el brazo izquierdo le agarré la cintura con fuerza mientras que con el derecho estrujé sus pechos; recorriéndola fuertemente hasta asirle el cuello, que besaba y mordía con mi boca. Ella emitía unos leves gemidos de placer y trataba de aguantar el equilibrio apoyando sus manos en el pequeño lavabo. 

El  servicio era un espacio muy angosto pero suficiente para desarrollar la más increíble de las escenas sexuales que mi imaginación pudiera forjar.

No la dejé actuar, tal y como la aprisionaba me sentía dueño de la situación, podría manejarla a mi antojo. Introduje mis manos desde la cintura en sus costados. Tenía la piel caliente y al llegar a sus pechos noté como portaba un sostén de tan fina tela que parecía rozar los pezones a viva piel. Se habían puesto duros y los pellizqué sin remisión. Adiviné en la penumbra como se mordía el labio inferior en su reflejo en el espejo con un gesto de deseo irrefrenable. Mientras tanto la embestía por detrás rozando con mi polla su culo con un movimiento de baile parecido a la lambada.

Es increíble como la excitación sexual hace que dos personas vestidas sientan, tan solo con el roce de sus cuerpos, como si no llevaran puesto nada. Como si la piel estuviese en contacto con la piel de la persona amada. Poro contra poro.

Mientras la mano izquierda continuaba apretando los pechos, primero el izquierdo y luego el derecho, con la fuerza con que un ex jugador de rugby agarra el cuero de su pelota, y luego los dos juntos, con el ansia de convertirlos en una sola masa, que solo se distingue por el arrugado de la piel de unos pezones desafiantes; la mano derecha agarraba con fuerza el muslo y lo apretaba, para terminar deslizándose por la estrecha raja de su falda en busca del preciado tesoro.

Su espalda no dejaba de contorsionar al son del efecto que producían mis fuertes apretones en su cuerpo. Hasta arquearse por completo cuando mi mano se introdujo, casi rasgando la estrecha falda, subida precipitadamente, en el interior de su entrepierna, rozando su ano y su vagina al mismo tiempo. Llevaba un tanga muy fino y su sexo había empezado a fluir. Instintivamente me llevé los dedos a mi boca para saborear sus jugos e inmediatamente los introduje en la suya para salvajemente fingir que chupaba mi miembro.

Respondió a la proposición zafándose de mi  sumisión para agacharse, dándose la vuelta toscamente, y morder mi erguido miembro por encima del pantalón. Me dolió hasta aullar de placer. 

Empezaba a perder la compostura. El alcohol empezaba a desinhibir mis deseos más profundos y la situación solo me hacía pensar en la siguiente escena de este guión inusitado y prometedor, hasta hacerme olvidar el sentido de la realidad y de la situación en la que me encontraba. No había estrés, ni avión, ni mujer, ni trabajo, ni compromisos o responsabilidades…, solo había un objetivo ciego y prioritario en mi mente, mis músculos, mi sangre… inyectar mi pene de la adrenalina sexual que me dominaba y disfrutar de aquella chica al máximo. Dejar fluir mis endorfinas y drogarme con el efecto placentero que producen para hacerme olvidar por unos instantes mi monótona realidad de mísero y común mortal.

Delicadamente, en contraste a la dura masculinidad que mi stand by vital reprimido que me habían hecho manejarla con un deseo violento y rudo, me desabrochó la correa y la cremallera, para bajarme los pantalones y los calzoncillos, dejando al aire mi espada dura como acero toledano.

Fue terriblemente lasciva, primero me echó su aliento varias veces, haciéndola saltar sin que pudiese dominarla, para luego besarla muy despacio, humedeciéndola con abundante saliva; y solo entonces, despacio, muy despacio, descapullando mi glande, se la introdujo moviendo su lengua con maestría. La sacaba y volvía a meterla mientras que con pequeños círculos giraba su lengua lamiéndomela. O la sacaba rápidamente para darse pequeños golpecitos en su lengua e introducírsela de nuevo muy lentamente. Notaba su calor y su boca húmeda en mis vasos enaltecidos. Me iba a explotar de gusto. Nunca había sentido aquello y, ni mucho menos me lo habían hecho de aquel modo.

La agarré desde arriba, cogí su cara para separarla suavemente y metérsela hasta el fondo. Con fuerza. Sin perdón. Noté sus arcadas cuando la introduje hasta su garganta. Pero no protestó y me chupó con más fuerza.

- ¡Dios! ¡Para! – dije tembloroso. Iba a correrme.

- ¡Agárratela fuerte y córrete en mi boca! –me mandó en un tono imperativo a media voz.

Me corrí de inmediato. Inundé su boca de leche y disfruté del calor en mi miembro y de la prudencia con que su lengua se movía para acariciar mi frenillo. Me mordí los dedos para no gritar, mientras con la otra mano destrozaba el lindo coco cogido con ganchillos de su pelo. Me limpió con su lengua como si quisiera borrar cualquier huella de aquel delicioso manjar. Ávida e insaciable. Mi cabeza seguía apoyada en la pared tratando de hacer descansar la tremenda convulsión que había sufrido todo mi cuerpo.  

No tardé en reaccionar; mi instinto me decía que era yo ahora quién debía saborear su pastel. Me agaché, subí su falda y bajé sus medias y el tanga despacio, mientras la subía en el pequeño lavabo y le abría las piernas; que ella apoyó en la pared que quedaba a mi espalda.

Abierta y húmeda, exhalaba el olor del placer de uno de los actos que más he venerado siempre: comerle la concha a una mujer y degustar sus húmedos jugos agridulces. Yo también movía mi lengua despacio, habiendo despachado mi deseo en pos de la concentración absoluta del suyo. Lamía de abajo a arriba. Introducía la lengua en su vagina hasta dónde me llegaba para luego recorrer el camino hasta el altar de su clítoris inflamado. Allí permanecía describiendo pequeños círculos y mordiendo suavemente los labios internos. Lamía, chupaba, mordía y tiraba suavemente de su sexo esperando respuesta en sus gemidos complacientes al acierto de mis acciones. Su excitación en alza volvía a excitarme a mí; y fue entonces cuando con mis manos busqué sus nalgas, que apreté fuertemente antes de introducir mis dedos en la rajita de su culo, apretado por la presión de su peso en el pequeño lavabo.  Logré introducir lentamente mi dedo índice en su ano, previamente humedecido por mis babas y su hilarante deseo. Su reacción fue de un estremecimiento placentero y reculó en una posición difícil para ofrecerme mejor disposición a la penetración anal.

- ¡Méteme los dedos en mis boquetitos! –susurró entrecortada por leves gemidos.

Obedecí gustosamente y sigilosamente le metí dos dedos en su vagina y uno en su culo en una postura de difícil comprensión: el deseo obraba milagros.

Sus manos se agarraron a ambos lados de mi cabeza y acariciaron mis orejas para luego, contundentemente, tirar de mis pelos y casi arrancármelos cuando sus gemidos dieron fe de que llegaba a un generoso orgasmo, que saboreé complacido hasta que me rechazó al no aguantar el dolor de su clítoris, que latía como un corazón con taquicardia.

Me abracé a Maggie y la apreté fuertemente. Todavía convulsionábamos de placer cuando hizo el ademán de bajarse de su trono. Le dejé espacio y se colocó de espaldas, dándome con sus nalgas en mi polla y moviéndose sinuosamente de derecha a izquierda y viceversa. Despacio, apretándose cada vez más. Mi miembro reaccionó de inmediato. Lo coloqué en vertical para rozar la raja de su culo lubricado. Ella seguía moviéndose lateralmente despacio mientras yo lo hacía del mismo modo verticalmente. Me estaba haciendo una paja con su culo.

- ¡Métemela hasta el fondo! – dijo muy flojito, mientras apoyaba las palmas de su mano en el estrecho espejo del cubículo.

- ¿Así? – contesté mientras le metía la puntita de mi glande en su coñito dilatado, para luego irla introduciendo con leves golpecitos de precisión quirúrgica.

La brevedad y comedimiento de los primeros instantes dieron paso a embestidas fuertes, violentas y, de una brusquedad tal, que hacían temblar los pequeños muebles metálicos del escusado. Los gemidos se solapaban y mi fuerza daba rienda suelta a un acto sexual de alto octanaje. La empotraba cada vez con más ahínco, mientras le estrujaba los pechos, casi como si quisiera reventarlos, pellizcaba sus pezones y mordía su cuello y lo chupaba, susurrándole guarradas que ya llevaba un rato practicándole. Ella respondía doliente y entregada y parecía sufrir complacidamente.  Cuando notó que iba a correrme de nuevo me indicó que parara con un fuerte gesto de cadera y me dijo:

- ¡Métemela por el culito y córrete dentro cabrón!

- ¡Con mucho gusto putita! –respondí con un leve hilo de voz. Mi energía se consumía.

Al sacar mi polla lentamente de su coño casi me corrí al pensar en su inminente misión. Nunca había follado por el culo a una mujer. Increíblemente para mí, entró plácidamente y sin grandes complicaciones. Su ano estaba muy húmedo, prieto y la excitación lo había dilatado hasta permitirme la entrada sin oposición alguna. Mi prudencia e inexperiencia me hicieron meterla muy despacio y, cuando empezaba a correrme, sus manos apretaron mis nalgas y me empujaron más adentro mientras reculaba con fuerza.

- ¡Hasta el fondo, hijo de puta!

Me mordí el labio hasta sangrar. Y me corrí sin fin. La presión era dolorosamente deliciosa. Permanecí todo lo que mi miembro estuvo erecto dentro de su culito abrazándola con pasión. Quería fundirme dentro de su cuerpo. Quería que notara como mi aliento, corazón y, en definitiva, mis fuerzas se rendían al culto de una diosa. 

En ningún momento elevamos la voz ni produjimos decibelios que nos delataran. Cualquier sonido quedó tamizado por el ronroneo de los motores del aparato que nos transportaba. Tampoco tuvimos noción del tiempo consumido. Fue una comunión de cuerpos y almas intemporal, sublime e inolvidable.

De vuelta a mi asiento, ya compuesto y arreglado, descubrí que mi mujer no se hallaba allí. Mi vista recorrió con amplios y rápidos giros de un cuello que se descoyuntaba el avión. 

Mi mujer volvía del servicio. Mis mejillas subieron de temperatura y disimulé cogiendo el portátil con ademán de trabajar de nuevo.

- ¿Dónde estabas? – susurré sin mirarla a los ojos.

- He ido al servicio cariño. No te acuestes muy tarde. Mañana será otro día.

No me preguntó nada ni noté en su mirada gesto alguno de duda. Se sentó, inclinó su asiento y retomó su sueño plácidamente con una mueca de leve sonrisa en su rostro. Yo cogí el sueño rápidamente. Estaba reventado y rememoré en sueños una y otra vez la experiencia vivida.

Nunca contaría a mi mujer lo sucedido. Y solo al cabo de unas horas me di cuenta de lo que realmente había pasado, cuando Maggie, nuestra azafata, se despidió de nosotros al bajar del avión, susurrándome muy bajito y aprovechando el despiste de Chloe, que ya se hallaba con los pies puestos en la escalinata.

- ¿Por qué no acudió a nuestra cita?... Tenga una buena estancia en Roma –dijo subiendo el tono en la última frase, para que todos fueran testigos de su profesionalidad.

Sí. Me había follado a Chloe como nunca antes había hecho. Era asombroso y extraordinariamente grato hasta cambiar nuestra relación de pareja. Disfrutamos de una increíble estancia y el trabajo lo despachaba con urgencia para volver a los brazos de mi “nueva” y pasional amada.

Nunca confesé a Chloe mi desliz mental con la azafata y hasta la vejez, cuando el deseo se marchita en pos del residuo generoso que crea el amor profesado largo tiempo atrás, no fue cuando Chloe me confesó haberme visto flirtear con la azafata, hecho que le produjo el clic mental y el cambio su forma de actuar hacia mí.

- Era lo que querías. No quería perderte. Eso fue lo que me hizo entender que tu deseo podía ser el mío. Tú tampoco intentaste nunca nada especial conmigo antes ¿verdad? 

Asentí con la cabeza. Me reí hasta tambalear mi dentadura postiza y la abracé fundiéndola entre mis brazos y pensando en la remembranza de aquel viaje de altos vuelos que no olvidaría mientras viviese. Ya podía morir satisfecho. Mi vida de pareja había sido plena. 

Loki


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