domingo, 31 de agosto de 2014

Y mira...




Y mira que me ponía a cien por hora la vecinita de enfrente.

Y mira que le gustaba calentarme cuando subíamos en el ascensor y me decía:

- Mira… ¿Has visto mis nuevos zapatos? –haciéndome un pase de modelos en unos escasos metro y medio cuadrados.

Yo estaba casado y con una niña recién nacida. Tenía treinta y dos años y unas ganas de vivir que me comía el mundo. Pero ahora estaba jodido: el horario de trabajo era de noche, entraba a las 12:00 horas de la noche y no salía hasta las 8:00 horas de la mañana, y solo descansaba los domingos; además del cansancio acumulado, no podía practicar sexo con mi mujer ya hacía meses, un embarazo de alto riesgo y la cuarentena tras el parto, me tenían “a dos velas”, y yo no perdía la oportunidad de dejar volar mi imaginación cada vez que veía a mi vecinita.

Y mira que le gustaba tentarme:

- Ya he cumplido dieciocho años. Mi madre ya no me dice nada cuando me visto así –me decía mientras, como la figurilla de una caja de música, daba vueltas sobre sí misma haciendo volar su minifalda enseñándome su precioso culito que brotaba del minúsculo tanga.

Y mira que es terrible esa edad. Y supongo que también la mía, porque aquella chiquilla seguía calentándome y disfrutando con la cara de circunstancias que le ponía.

Aquella noche salía hacia mi trabajo, serian las 11:40 de la noche, cuando, al cerrar la puerta de mi casa con la llave, como mi mujer me recordaba siempre, coincidí con ella en el rellano.

- ¡Hola! –Me dijo como siempre, pizpireta como ella sola.

Decir que la joven estaba de muy buen ver sería decir muy poco. Calculo que mediría un metro setenta y cinco centímetros de alta, rubia, delgada pero con curvas terribles, de esas que a los hombres nos vuelven locos: cintura estrecha y caderitas pronunciadas. Las piernas esbeltas, rectas, sinuosas e interminables con proporciones pecaminosas con respecto al cuerpo. Y su cara… ¡Ah, su carita!, dulce pero a la vez morbosa, con labios carnosos y facciones angulosamente femeninas. Sus ojos grandes, azules intensos y unas pestañas enormes, posiblemente realzadas con un buen rímel. Estaba claro que era preciosa, pero, si el maniquí era bueno, ella sabía realzarlo para seducir a todo aquel que posara su mirada en aquel bomboncito.

- ¡Hola guapa! –Le respondí de inmediato.

- ¿Voy guapa?... Dime –inquirió mientras hacía poses de modelo de alta costura para deleitarme.

- ¡Pues claro! ¿Cómo si tú no lo supieras? Hija mía… eres una belleza –Le dije sin pensar demasiado, a borbotones… me salía del alma.

- ¡De verdad? ¿Me lo dices de corazón?... He quedado –respondió sin sonrojarse, estaba acostumbrada ya a todo tipo de piropos habidos y por haber.

- Pues que te vaya muy bien. Eso sí… ¡Ten cuidado! Los chavales están todos hoy día pensando en lo mismo –dije mientras me daba cuenta del cinismo de mis palabras ya que, yo mismo, le hubiese hecho mil maravillas allí mismo.

- ¡Descuida! Yo sé lo que quiero –mientras me acariciaba la barbilla para notar cómo me flaqueaba mi integridad moral.

Y mira que se hizo largo el trayecto del ascensor desde el octavo piso a la planta baja, recorriéndonos con la mirada “frugalmente”, utilizando el espejo como escusa, cuando nuestras miradas coincidían, sonriendo en expresión de connivencia mutua.



Y mira que el turno de noche ya era malo, pero es que además esa noche entraron al menos cuatro ambulancias en urgencias. No tuve un minuto ni para un cigarrillo, como celador, no paré en toda la noche de llevar enfermos a rayos, a quirófano o a la consulta de turno… pobres.

Así que cuando volví a casa lo que menos me esperaba era encontrarme con la muchacha en el portal, a las 8:15 de la mañana de un domingo encapotado.

- ¿Ahora vuelves? –me dijo con expresión seria.

- ¡Sí! Acabo de salir. Y tú… ¡Llegas o te vas?

- Acabo de llegar –me respondió cabizbaja.

- ¿Cómo te ha ido con la cita? –dije, intentando cambiar su infeliz mueca.

- ¡Mal! Muy mal, la verdad… ¡Estoy harta de niñatos!

Y mira que creí haberlo visto todo en la vida… ¡Pues no!... Se abalanzó sobre mí, con la ventaja que le daba el escalón de subida al rellano del ascensor, y me abrazó mientras me besaba la mejilla.

- Ojalá el mundo estuviese lleno de tipos como tú –mientras proseguí su trabajo de pequeños besos, ahora por el cuello y el mentón.

- Bueno… Bueno… Todo pasa hija mía. Ya verás como encuentras a… -y me besó introduciendo su lengua en mi boca con una técnica fuera de lo común.

Creo que fueron dos segundos, tras separarla, de miradas libidinosas entre ambos, los que me llevaron a cogerla fuertemente el culo y, a caballito, empotrarla contra los buzones.



El sonido metálico y estridente me alertó de lo precario de nuestra situación. Cogí la llave, a la primera, y abrí la puerta que daba a los trasteros… allí sería.

Nos empujábamos, posesos del deseo y sus manos me recorrían bajo la camiseta ya completamente levantada. Tardé poco en deshacerme de ella y ella empezó a recorrerme el pecho, chupándome y mordiéndome los pezones. Estaba claro que sabía de qué iba la cosa. Mis manos mientras tanto sobaban su prieto culo por debajo de la escueta minifalda.



De repente, ella me apartó empujándome hacia la pared, con un gesto decidido se quitó la camiseta dejando al descubierto un pequeño sujetador de encaje negro, y con la misma presteza se deshizo del mismo, dejando al descubierto sus pechitos, pequeños pero preciosos, erguidos, con unos grandes pezones sonrosados.

Instintivamente hice por tocarlos pero me apartó la mano de un certero golpe. Se puso de rodillas y comenzó a desabrochar los botones de mis levis 501.

Mi miembro se enaltecía y motivaba con cada gesto. Cerré los ojos para concentrarme en sus decididos movimientos. Cuando me bajó los bóxers para juntarlos con mis vaqueros, a la altura de las rodillas, estaba tan erecto que hubiese estallado. Y cuando sentí el halo de su aliento en mi glande bajé la mirada para contemplar de primera mano el dichoso espectáculo.

Y mira que lo hacía bien la chiquilla. Chupó los genitales mientras me cogía la polla con su mano derecha y suavemente me bajó el prepucio para dejar al aire, totalmente empalmado, mi lustroso “cabezón”. Entonces fue cuando empezó a chuparla y recorrerla con la lengua. Sus labios se perdían cuando la introducía demasiado en su boca y volvían a surgir al compás de mis gemidos. Mi cabeza contorsionaba y mi mente se había perdido cualquier tipo de rubor y decencia.

Era de un gusto tan insoportable que solo tuve tiempo de avisarla de que mi misil iba a estallar. Ella apartó la cara y me corrí sobre su cara, su cuello y sus tetitas. Mi caliente leche corría por su cuerpo retardado por su esencia gelatinosa. Ella se lo restregaba con los dedos para luego llevárselos a su boca para lamerlos con una sonrisa morbosamente indescriptible.

Le alcé el rostro para contemplar su belleza, mientras la incorporaba para poder manejarla. Tomaba las riendas del asunto y notaba como cedía a mis antojos. Sin quitarle la faldita, introduje mis dedos despacio para suavemente quitarle el tanga. Levantaba sus pies para que pudiera extraerlo, y me daba la oportunidad de recorrerla con mi boca desde sus pantorrillas y muslos hasta llegar a su… ¡Depilado coñito!



Su olor era contundente, ácido y seductor. Ese olor que nunca más se repite y que recordaba con nostalgia. Estaba claro que había mantenido pocas relaciones y yo iba a disfrutarla sin pensar en nada más que mi placer. Introduje mi lengua en su entrepierna desde abajo, donde se juntan sus muslos, hasta su monte de venus, suave, muy suave. Para de inmediato abrir sus piernas y recorrer con la punta de mi lengua la comisura de sus labios mayores. Me puse su pierna izquierda sobre mi hombro mientras ella arqueaba su espalda apoyándola en la pared. Notaba como se derretía, estaba muy mojada, y asía mi cabeza con la fuerza que da el estremecer sexual. Me dediqué a lamerla con lentos vaivenes mientras sentía en mi boca su jugo.

Entonces paré para mojarme el dedo corazón de saliva y se le introduje muy despacio y no sin cierta dificultad. Cuando lo saqué noté como mi dedo estaba manchado de una mezcla de sangre y líquidos.

- ¡Eres virgen!

- ¡No importa…desflórame! No me duele… Por favor… ¡Sigue!

Esto me hizo dudar unos segundos pero su rostro me indicaba que debía terminar lo empezado. Me mojé bastante el dedo corazón y el índice y se lo introduje lentamente mientras con la punta de mi lengua estimulaba su clítoris. No tardó en llegar al clímax, corriéndose en mi boca abundantemente.



Entonces mi polla volvió a erectarse pidiéndome que la penetrara. Y en ese momento la que mandaba era ella. La desenfrenada excitación de lo que estaba viviendo me conducía irremediablemente a follarla. Y así hice, le cogí las dos piernas y la puse a caballito frente a mí, sacando fuerzas de la nada. Se la introduje lentamente dejando que su propio peso hiciese de acicate para una penetración dolorosa y profunda. Ella gemí, gritaba y se retorcía de placer y en ningún momento me dijo que parara.

- ¿Te duele nena?

- ¡Sigue, no pares! –dijo mientras se abrazaba a mí con todas sus fuerzas arañándome la espalda. 

Y así estuvimos un buen rato, acoplados en uno, sintiéndonos mucho el uno al otro y gimiendo y gritando casi al compás. 

- ¡Ya me voy… Dios!

Y me corrí dando un alarido que tuvo que escuchar toda la comunidad de vecinos. Habíamos perdido la razón. Todavía permanecimos un rato pegados besándonos con frenesí. Ella me daba las gracias y era yo el que le estaba más que agradecido.

Desgraciadamente nunca más sucedió. Y mira que yo me insinuaba cada vez que nos encontrábamos, pero ella ya no parecía interesada en mí. Ahora me decía que respetaba mucho a mi mujer.

Y mira que me creía, como adulto, haberlo visto todo, y lo repito porque sus palabras me dejaron sin habla cuando coincidimos por fin solos en aquel trayecto de ocho pisos hasta la vivienda de ambos.

- ¡Gracias por todo vecino! Ahora mi relación con mi novio va de maravilla. Es que él era muy bruto, tú me desvirgaste más dulcemente. Ahora follamos de maravilla. Le quiero mucho… ¿Sabes?

Y mira que se me quedó cara de gilipollas para una temporada. Ya me lo decía mi mujer:

- ¡Eres un despistado! A ver si miras más por lo que tienes.

Qué razón tienen las mujeres. Y dejé de mirar. Por poco tiempo... claro.


Loki

viernes, 29 de agosto de 2014

¿ Nos gusta el porno a las mujeres ?



Cada vez que se hace esa pregunta, se tiende a pensar que a nosotras no nos gusta el porno, porque es un producto hecho exclusivamente para hombres.


En los últimos tiempos, se ha creído que si las mujeres no consumían porno, era porque estas películas veían a la mujer como un objeto, sometida al deseo masculino.

A partir de ese momento, surgieron otras opciones como el “postporno”, donde se intentaba representar el sexo más igualitario y positivo, haciendo que desapareciera el sometimiento.



Dicho movimiento no tuvo mucho éxito, el porcentaje de mujeres que consumían estas opciones eran bajos. Se crearon páginas como sssh.com o forthegirls.com, para ellas, pero solo recibía un 1% del tráfico de pornografía en internet. Además el porcentaje de mujeres que veían contenido porno no creado específicamente para ellas era muy elevado.


Según el profesor de neurociencias Ogis Ogas, una de cuatro mujeres ve porno. En 2003, la empresa de información de mercado y consumidores Nielsen, decía que el porcentaje de usuarias era del 27%, cifra semejante a la que presentaba en 2007 la empresa de estudios de consumidores de páginas web, para estudios de mercado, Hitwise. Una de las páginas de pornografía más seguida por los usuarios PornHub databa la cifra entre el 25% y 35% la cantidad de sus seguidoras femeninas.


Para el consejero de sexualidad y colaborador de  The New York Times, Ian kerner, existen ciertas diferencias entre los sexos. Mientras que para el hombre el consumo de porno es un acto solitario que lleva a la masturbación, los hombres se lanzan a ver este tipo de contenido sin ninguna premeditación, para la mujer, su sexualidad le impide que, por un simple estimulo (ver un hombre con el torso desnudo ), éste sirva para tener deseos de  masturbarse.

Kerner también sugiere  que la pornografía es una herramienta más para llegar a la excitación, una manera de aprender técnicas nuevas o una forma de satisfacer la curiosidad.


Para el autor de "She Comes First: the Thinking Man’s Guide to Pleasuring a Woman", William Morrow, la consecuencia de la sexualidad masculina, donde lo visual es muy intenso, lleva a la excitación sexual y ésto a la masturbación. Por el contrario la sexualidad de la mujer es más compleja, por lo que el mero hecho de ver una pareja manteniendo sexo no le es suficiente para tener un orgasmo.


Es complicado definir lo que les gusta a las mujeres referente a la pornografía. Para Anna Puyei, de Altermet, las tendencias en el diseño de la pornografía que no les gustan a las mujeres son: nada de eyaculaciones faciales y nada de ser demasiado vulgar.


A las mujeres les gusta una visión de la pornografía más narrativa, donde la apariencia es esencial para ellas, mientras que la tendencia masculina es la idealización. Las mujeres prefieren películas con una buena trama donde la narración se convierte en una forma de identificarse con los personajes. Por el contrario, para los hombres es más mecánico donde la simple representación del acto sexual es suficiente para excitarlos.


La investigdora Meridith Chivers, en 2008 hizo un estudio donde comprobó que no había ningún contenido que no excitase a las mujeres, probó con imágenes de sexo heterosexual, homosexual, hombres masturbándose, mujeres masturbándose etc…, y con todo este contenido las mujeres respondieron positivamente. Pero hubo una imagen que se le resistió y fue la imagen de un hombre desnudo, donde no mostraron ningún tipo de reacción. Por el contrario los hombres reaccionaban ante tan solo un único estimulo... si en la imagen que se presentaba aparecía una mujer desnuda.


La investigadora Clarissa Smith en su libro One for the Girls! (Intellect Books), animaba a las mujeres a disfrutar de la pornografía, ya que estas se sentían culpables de disfrutar del sexo y excitarse sin amor. En su libro, la autora respaldaba la teoría de la pornografía como herramienta de la estimulación, al recordar que las mujeres prefieren verla acompañadas.


La actriz porno Aurora Snow cuenta que no hay tanta diferencia en las preferencias sobre pornografía, entre hombres y mujeres, cuenta que una simple inversión de roles bastaría para llamar la atención del público femenino. Para la actriz, producir una pornografía que pueda referirse a las mujeres, podría solucionar los problemas de esta industria que no pasa por sus mejores momentos.


Lo que está claro,  es que no son buenas clientas, quizás por la falta de costumbre histórica. En el libro escrito por Ogas en colaboración con Sai Gaddan, A Billion Wicked Thoughts (Dutton Adult), aunque una de cada cuatro mujeres admiten que disfrutan del porno, lo cierto es que algunas páginas como CCBILL tan solo cuenta con un 2% de mujeres entre sus clientes.




Freija.

Alberto Vargas. Pin-Up de altos vuelos




Nace en Arequipa, Perú, el 9 de febrero de 1896 y fallece el 30 de diciembre de 1982, siendo a los 16 años de edad cuando se muda a los Estados Unidos, tras estudiar Arte en Europa antes de la Primera Guerra Mundial.






Al rpincipio de su carrera trabaja como artista para las revistas musicales Ziegfeld Follies y para diversos estudios de Hollywood. 






Pero no es hasta 1940, cuando se le reconoce por su capacidad artística, al crear las imágenes estilo pin-up para la revista Esquire. Llegaron a ser tan reconocibles sus dibujos, y tan personales, que las llegaron a llamar las Varga Girls ('Chicas Varga'), siendo incluso adaptadas para adornar el fuselaje de muchos aviones de la Segunda Guerra Mundial.






En un contencioso con la revista Esquire sobre la utilización del nombre «Varga» terminó en un juicio contra él, y su ruina hasta la década de 1960, cuando la revista Playboy comenzó requerir sus «Varga Girls».

Su entonces cobró mayor relevancia internacional y realizó importantes exhibiciones de su obra alrededor del mundo.






Pero, en 1974, cuando fallece su esposa, Anna Mae, queda devastado, y deja de pintar, no siendo hasta la publicación de su autobiografía, en 1978, cuando despierta nuevamente el interés por su trabajo. 






Ha realizado portadas de álbumes musicales como los de The Cars (Candy-O, 1979) o Bernadette Peters (Bernadette Peters, 1980; Now Playing, 1981).







Su trabajo está realizado con acuarela y retoques de aerógrafo, con tal virtuosismo que sus imágenes son adoradas y envidiadas por todos los que profesionalmente utilizan esta herramienta. Son retratos, desnudos y semidesnudos de chicas esbeltas, con pies y manos pequeñas y proporciones idealizadas, que sirvieron como referente erótico a más de una generación. 







Como anécdota, y aunque algunos nombres no os suenen, algunas de las mujeres más destacadas que fueron pintadas por Vargas son: Olive Thomas, Billie Burke, Nita Naldi, Marilyn Miller, Paulette Goddard y Ruth Etting, auténticos sex-symbols de la época, fácilmente reconocibles en sus dibujos.


Loki
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