martes, 12 de agosto de 2014

El sepelio. Primera parte






El jet-lag hacia su efecto en mi cuerpo, ya agotado por el final del curso académico. Fabriccio había terminado su carrera docente en Chicago y nos había dejado justo cuando iban a jubilarle, tras una brillante andadura en la universidad, ocupando la cátedra de literatura inglesa, especializado en la obra del inmortal William Shakespeare.

Era un experto en el maestro de maestros y ya había destacado años atrás en el instituto y luego en la universidad de Verona, donde había obtenido un doctorado cum lauden por su tesis sobre “Shakespeare y la muerte”.

Recientemente había cumplido sesenta y dos años y se encontraba en su plenitud como profesor, en ese momento en el que solo escucharle hablar en una conversación informal se convertía en un compendio universal de sabiduría, conocimiento y goce estético. Sí…, dominaba su especialidad, que la experiencia vital había enriquecido para convertirlo en un excepcional consejero, instructor, e inclusive, un guía espiritual del vasto mundo literario.

Había hecho muy buenos colegas en Estados Unidos pero nunca sacrifico su excelsa amistad con sus compañeros de Roma, con los que mantenía un contacto epistolar permanente,... nada de emails; cartas que yo guardaba como un tesoro, afortunado de encontrarme entre los privilegiados receptores de dichas misivas.

Su muerte nos había sorprendido a todos. No era fruto de una larga enfermedad, ni si quiera de un aviso acerca de la salud de un hombre que hacia footing todas las mañanas, jugaba al pádel con sus compañeros y se conservaba jovial gracias a un extremo control de dieta y alimentación sabiamente meditadas; una extensión más de su disciplina existencial. “Solo el orden consciente y el autocontrol nos conducen al beneficio de una medianamente placentera experiencia en este mundo hostil” decía con clarividencia y mesura.

Nunca se había casado y, aunque todos habíamos dudado acerca de su sexualidad, nos sorprendió a conocidos y extraños cuando se caso, con cincuenta y siete años, con una becaria de investigación ligada a su departamento, a la que supervisaba en su tesis doctoral “Shakespeare y el amor”. En sus cartas relataba las mil y una virtudes de una mente prodigiosa, dotada de una capacidad de análisis, diagnostico y síntesis espectaculares. Los piropos que le dedicaba eran tales que, sin conocerla en persona, nos subyugaba a todos sus colegas hasta enaltecerla y considerarla inalcanzable, intelectualmente hablando.

Yo, sin embargo, y por contraposición, era un “viva la vida”. Responsable de mi plaza en el departamento de lenguas muertas y director de proyectos de investigación en la universidad de Roma, tampoco me había casado y, aunque había mantenido varias relaciones serias, mi falta de interés pasados los primeros avatares de una sexualidad y relación novedosas, pronto tornaban en hastío y aburrimiento; que no retroalimentaban  ni el sexo ni una buena velada de conversaciones interesantes.

La terrible ocasión para reencontrarnos tenía un sabor agridulce, por el motivo desagradable que nos congregaba. No era una ponencia de algunos de nosotros, ni si quiera unas jornadas cuyo tema común nos inclinara a contrastar nuestros conocimientos adquiridos desde nuestro último encuentro. Era un sepelio doloroso, acentuado por la estimación profesional hacia un compañero que había publicado numerosos libros y acertados ensayos acerca de la figura de Shakespeare y su concepto de inmortalidad en sus aportaciones a la literatura universal. Nosotros compartíamos la misma veneración, en este caso hacia su persona y contribuciones en un mundo particular en el que cualquier estudio novedoso sobre la figura del dramaturgo se nos apetecía más o menos improbable. Se había tirado toda la vida ahondando sobre el concepto de la inmortalidad y había conseguido sobrevivir en el espíritu colectivo de todos aquellos que releíamos una y otra vez su legado.

Rose, que nos había concitado telefónicamente para nuestra asistencia mostraba una voz quebrada y tenue, adulterada por el dolor. Íbamos a conocerla por fin, quizás en el peor de los momentos. Me encontraba especialmente afectado por dicha situación, consternado por la sensación de no saber cómo afrontar dignamente el encuentro inevitable.

Cuando llegue al hotel, todavía tenía tiempo para ducharme y desayunar antes de partir hacia la misa y posterior entierro; aunque estaba equivocado, todavía habría que prolongar el dolor en una larga noche de velatorio a nuestro querido Fabriccio. Mientras mi bandeja se iba llenando con una taza de negro café, unas tostadas demasiado tostadas y huevos salteados con beicon, no dejaba de rememorar algunos momentos en común que surgían a borbotones como aquel que saborea un buen bocado de su comida favorita: con deleite y fruición.

- Eres el único que puede ver el partido de la selección tranquilamente, ¿me gustaría saber cómo lo haces? – me había dicho en una ocasión en Verona, engalanados en exceso, dispuestos  a comernos el mundo y a toda la que se nos pusiera por delante.

Teníamos veintidós años, sin compromisos, éramos buenos estudiantes que aprovechábamos las pocas ocasiones de asueto para soltarnos la melena y disfrutar de los efímeros placeres de la carne. Casi habíamos terminado el curso y solo nos quedaba por entregar un grandilocuente trabajo en grupo acerca de  “L a guerra de las Galias de Cayo Julio Cesar”. El mundial de futbol ya estaba en cuartos e Italia debía ganar el partido para pasar a semifinales. Mi atención, por tanto, estaba fija al enorme televisor del que disponía nuestro bar favorito en la villa universitaria. Éste estaba lleno de exaltados con banderas y camisetas que ondeaban circularmente en el apretado espacio de la improvisada convención deportiva. Las chicas acudían, más despreocupadas por los veinte y dos futbolistas en torno al esférico y tonteaban y pavoneaban ante solo los ojos de aquellos que no gritaban desalmados en las pocas ocasiones de gol de nuestros delanteros; gladiadores del moderno espectáculo de masas en los prepotentes coliseos. Fabriccio, que consideraba el deporte rey pan y circo del y para el pueblo, intentaba ligar aquí y allá sin conseguir nada, mientras que yo, que no prestaba la más mínima atención, era revoloteado por abejas y avispas que, de flor en flor hasta encontrar la deseada, polinizarían hasta altas horas de la madrugada. Y así sucedió, Carla, la chica que más hacía temblar a Fabri, hasta demudarlo por completo cuando intentaban conversar, terminó entre mis sabanas tras más de cuatro copulas y bailes ceremoniales. No solo era Fabri quien decía lo mismo, había sido bendecido por Adonis, el dios de la belleza, con el don de un atractivo sin par. Yo no me consideraba especialmente guapo, pero es cierto que tenía cierto atractivo y una labia que seducía a las féminas hasta obtener de ellas todo aquello que me apetecía. Quizá fuese por mi ostentosa y descarada pasividad ante el flirteo y la seducción, que algunas de mis “victimas” me habían hecho constar en alguna ocasión, que daba lugar a esa fortuita confianza que da el haber sido poseída por un hombre frio en el trato pero dulce y muy caliente en el lecho.

Aun así, no había encontrado mi media naranja, y mi avidez en el conocimiento exhaustivo de la materia que impartía, una lengua muerta, el latín, que para mí tenía más vida que nunca, y que me mantenía siempre en vilo, ponencia tras ponencia, jornadas, seminarios, cursos, tesis y excelsas cátedras, me habían tenido tan entregado a dicha causa que nunca había parecido vacía mi casa, siempre rodeado de letras y ensayos, para mí más satisfactorios que la vida en común con un ser del sexo opuesto.



El desayuno había sido prolongado por mis sueños hasta hacer que la camarera me llamase la atención acerca de que debían cerrar el comedor para preparar el bufete del mediodía. Subí entonces a la habitación y me vestí de negro para asistir al reencuentro. Cogí un taxi y en una hora aproximadamente me encontraba en uno de esos magnos, más por magnitud que por ostentosidad, espacios funerarios que en Estados Unidos concentran gran parte de la población que fallece, en extensos terrenos preparados al detalle a tal fin. Grandes pasillos arbolados con grandes rotondas que daban lugar a enormes superficies de aparcamientos techados, ofrecían unas excelentes vistas de una auténtica urbanización de panteones y tumbas para nuestro descanso final en unas avenidas llenas de preciosistas sepulturas, dignas de los faraones más pudientes de la época en que vivimos. El culto a la muerte, a su trascendencia social y la veneración al espacio que debe todavía ocupar en nuestras mentes daban lugar a panteones que imitaban en su construcción arquitectónica, frisos y esculturas del mejor momento de Fidias y sus trabajos en el Partenón de Grecia.

Las iglesias construidas para consolar con su verbo la ida de nuestros allegados a una mejor vida se mostraban cual obras de arte clásicas de un bello gótico tardío, con rosetones y vidrieras a juego. Había mucho dinero invertido por los vivos para prolongar la estancia de las almas de los que se fueron. Tal es el concepto del ser humano que prevalece a lo largo de la humanidad, con el propósito indeleble de trascender. Y está tan arraigado en nuestra cultura que nunca nos cuestionamos siquiera tal propósito.

El taxi, tras un lento trayecto a 20 km. por hora en el enorme parque cementerio, me dejó en el extremo de una alargada rotonda central, frente a la mayor de las torres de iglesia, de apariencia neoclásica, pensé, cuando en realidad no llevaría construida más de 50 años.

En la escalinata de acceso al templo se encontraban dos de los compañeros de facultad que no veía desde hacía años, alejados por la causalidad de sus destinos de trabajo. 



- ¿Cómo estás Francesco? –me dijo uno del que, en aquel preciso instante, no recordaba su nombre y si el apodo que le pusimos como estudiantes, “el tajadas”, por la cantidad de cogorzas que cogió durante su estancia en el colegio mayor; lo que, curiosamente, nunca le impidió ser un alumno brillante.

- ¡Bien! Tremendamente consternado. ¿Sabíais si se encontraba enfermo? –repuse haciendo extensiva la pregunta al otro convidado, Ferdinand; de éste si recordaba su nombre ya que me había salvado en más de una ocasión de llegar a fin de mes, hasta que la familia me hacía su periódico ingreso para mi supervivencia en el campus.

- ¡No! No sabíamos nada. No fumaba, ni bebía en exceso, que yo sepa. Debe ser Rose, le habrá achuchado más de lo debido… empezamos a tener una edad jodida para esos trotes con una jovencita. –Dijo Ferdinand articulando una pequeña mueca que nos pareció una sonrisa macabra en un momento incómodo, y desde luego, fuera de lugar.



Fue entonces cuando, en lo alto de la escalinata, se volvió Rose para reconocernos de las fotos que su marido, en su despacho, había enmarcado como recuerdo de, según él, los mejores años de su vida: los de estudiante. La película pasó a visionarse a cámara lenta, la bajada despacio, por lo contundente de sus tacones, la largura de sus piernas, la estrechez de su minifalda negra y, sobre todo, su porte soberbio, afligido tal vez, pero majestuoso; de femme fatal, nos dejó boquiabiertos a todos. 

Pietro, así se llamaba “el tajadas” soltó como un pensamiento a viva voz:

- ¡Joder con Rose! –apagando su voz a medida que sus palabras brotaban de su desencajada boca, consciente de la falta de respeto que éstas suponían.

Algo tan claro como el agua que brota del más puro manantial: Rose estaba buenísima y, ni Pietro ni Ferdinand ni yo imaginábamos nunca que nuestro querido colega hubiera sido capaz de seducir a tan dulce bombón. Ahora más que nunca me reafirmaba en pensar que donde el hombre no llega con la punta de su espada llega con la versatilidad e ingenio del verbo: la palabra. Ser un intelectual erudito te acercaba al privilegio de la cercanía al mundo terrenal, afortunado, de placeres y mujeres, que tantas religiones prometen como premio al duro avatar de nuestra existencia mundanal.

La película seguía su curso: la cintura se movía al son de unas caderas perfectas cuya cadencia al bajar las escaleras las hacían bailar cual paso de samba brasileña; la anchura de los hombros, los justos para ser femenina y simbolizar la fuerza de una mujer de armas tomar; sus brazos, desnudos, dejándose ver tras las pequeñas mangas de una ligera camiseta negra, un palabra de honor, que dejaba entrever ligeramente un canalillo delicioso de unos pechitos contenidos; la cara estaba proporcionada con el resto del cuerpo, con un canon de nueve cabezas, al menos con respecto a los clásicos griegos; labios cortitos pero perfilados por un rojo carmín, naricita respingona y unos grandes ojos y pestañas que recordaban a los de los dibujos del anime japonés, por lo grande, vivos e iluminados, con una incipiente lágrima que salía de ellos al vernos; el pelo lacio, largo y negro coronaba a la efigie.

Pero quizás no era su físico en conjunto lo que nos llamó la atención, era su frescura y espontaneidad en el gesto y en sus movimientos. Algo difícil de describir, que se da en muy raras ocasiones en una mujer: la fragilidad de la feminidad más inocente en contraste brutal con una presencia magnética de gran poder y autocontrol. Este conjunto de cualidades subyuga al varón, hasta pensar en el placer de ser devorado por la hembra de su especie tras la cópula. Agachamos la mirada tras sonrojarnos en un gesto instintivo de complacencia, educación y sumisión a la viuda.

- ¡Sois los compañeros de Fabri! Os reconozco. Sed bienvenidos, aunque sea en estas desagradables circunstancias –dijo amablemente mientras nos daba dos besos en nuestras mejillas ruborizadas.

Incluso me pareció intuir en ella un leve gesto de complicidad al mirarme a los ojos, tras el gesto de bienvenida. Y pensé: esta es una mujer que sin haber cumplido los treinta, ya es conocedora de su poder sobre el género masculino. Y qué bien se maneja,… ¡por dios!.

Al entrar en el lugar de la celebración de la primera misa sobre el difunto, pude ver a multitud de compañeros y colegas de profesión. En nuestro estrecho mundillo del culto por los clásicos, todos y todas terminábamos conociéndonos, así como quién había destacado por determinado estudio y quién se había convertido en un mediocre profesor adornado por su ego y falta de compromiso por la investigación.

Yo era de aquellos cuyo reconocimiento a veces me superaba. Si bien es cierto que mis investigaciones eran audaces, los royalties por mis libros suntuosos y mis intervenciones en congresos y jornadas muy apreciados, seguía siendo un humilde ensayista en pos de su mejor obra. Los hombres me decían que eso era la humildad del genio, y las mujeres que era el soltero más cotizado de Roma. Quizás, por esta razón, me replegaba en mi gran despacho, rodeado de libros y estudios como medio y fin para satisfacciones relacionadas con los hallazgos estéticos de una buena lectura, más que por la egolatría de sentirme afortunado por mis ya consabidos logros. Las mujeres me entretenían de mis propósitos altivos y distarían de mi dedicación. Y en cuanto a mi atractivo personal me parecía más coqueto seducir con mi intelecto que con mi mirada, gestos o el físico, ya venido a menos por mi edad.

Escuchamos la misa, mientras mentalmente la traducía al latín, al griego o al hebreo. Y fugazmente miraba para reconocer a tal o cual amigo o amiga. Finalmente terminaba fijando la mirada en la espalda de la viuda, sintiendo un terrible latigazo simplemente por la belleza de aquella joven; y me recriminaba al instante por la afluencia de un instinto tan primario en una mente cultivada como la mía: el deseo.

El oficio duró una hora, y a las 14:00 horas en punto pasamos a un precioso salón contiguo en el que estaban dispuestas unas mesas a modo de breve bufet. Tomamos unas viandas mientras saludábamos a unos y a otros, compadeciéndonos de lo acaecido. Nadie esperaba nada parecido y pensábamos, cómo no, el desperdicio de una mente preclara como la de Fabriccio, que tanto tenía todavía que ofrecer al genio universal. Éramos pensadores, ensayistas, y como tales solo elucubrábamos acerca de la continuación de los estudios que hubiera dejado en ciernes nuestro profesional amigo.



En ningún instante pude apreciar que Rose estuviese sola, estaba arropada por todos en aquellos aciagos momentos. Mi deseo era dirigirme a ella para pronunciarle aquellas palabras que impone el protocolo social más estricto: mi más sentido pésame. Detestaba ese momento porque pensaba que era el centurión que con la lanza hendía en la llaga de Cristo ya crucificado para constatar su vitalidad; pero debía dirigirme a ella por la educación recibida, cuando, fue ella misma la que me hizo un gesto para que me acercase.

- Eres Francesco, ¿verdad? –cogiéndome del brazo, como si me conociese de toda la vida, apartándome del resto hacia una esquina de la sala en un hierático paseo.

- ¡Sí! Verás, lo siento mucho, de veras. Mi más sentido…

- No te preocupes. Sé quién eres y lo que sientes. Fabri te apreciaba sobremanera. Sobre todo tu trabajo y, por supuesto, tu amistad. Sé que os escribíais con regularidad.

- ¡Sí! La verdad es que…

Sus palabras brotaban fruto de una conversación ya premeditada. Seguía las instrucciones que, el impenitente investigador, le había encomendado antes de morir.

- Fabri me preparo una caja con trabajos que deberás retomar y terminar para su publicación inmediata con su editorial de Nueva York.

- Pero…

-El me dijo que yo no tenía todavía la suficiente experiencia para llevar a cabo dicha labor.

- Pero, perdona…

- Solo me puso la condición de que te indicara que en la publicación deberá hacerse constar el nombre de los dos, como coautores de…

- Espera, ¡me dejas hablar! –pronuncie elevando el tono de voz quizás más de lo debido, haciéndose resonar en una sala de excelente acústica y haciendo que todos los presentes silenciaran y dirigieran sus miradas hacia nosotros. Rose palideció y abrió los ojos en una expresión de sorpresa, de esos dibujos de manual de expresiones faciales para dibujantes noveles.

- Perdona. Te pido disculpas. No quiero parecer grosero, pero… ¿crees que es el momento de hablar de esto? Entiende que…

- Perdóname tu a mí. No nos conocemos y has juzgado equivocadamente mi actitud.

- No es eso, es que…

- Nuestra relación profesional era de tal intensidad que creo que nadie podrá entenderla –dijo con un tono más serio mientras, una vez más, me interrumpía. Estaba claro que su mente se anticipaba a su capacidad de hablar y pensaba mucho más rápido que lo que su capacidad física le permitía articular, desalojando su dicción  de sentimiento alguno, enlazando argumentos de forma programática como el software informático que a través de la tarjeta de sonido utiliza un robot para transmitir información al usuario. Sera el Rose 1.0 pensé, mientras en mis adentros reía por la ocurrencia de mi ingenio sagaz.

- Lo que nos unió fue nuestro intelecto, no nuestra atracción física. Nuestro vinculo transgrede lo emocional para centrarse en lo cognitivo. Nuestros instintos primigenios siempre estuvieron en un segundo, o quizás tercer plano, para dar paso a la fruición de dos mentes en continua obsesión por el conocimiento y la síntesis del mismo en ensayos y proyectos que transmitir a los demás. Nuestra casa siempre fue un laboratorio de ideas, nuestra alimentación, aseo, decoración de la casa, etc., eran elementos superfluos y nuestro sueldos un medio para invertir en libros y más libros, en viajes, en asistencias a cursos o jornadas, a simposios…

- Pero… ¡el sexo! –dije sin pensar y sin más argumentos, como una pregunta univoca que persigue una respuesta directa. Ella no se conmovió un ápice, ni se sintió incomoda por la frescura de mis palabras.

- Implicaba una dependencia engorrosa para nuestros fines.

La mire de arriba abajo y pensé en decirle: “pero tú te has visto hija mía, desprecias quizás el don mayor que te ha podido ser concedido: la seducción”. Mi comentario hubiera rayado en el más burdo machismo a los ojos de aquella dama, pero yo soy de los que piensan que los instintos: un estornudo, el hipo, la necesidad de evacuar o el sexo, son reflejos condicionados sustanciales a la condición de mamíferos en este, nuestro planeta. Negar lo evidente me conducía al pensamiento de ascetismo y castidad promovido, sobre todo, por religiones y determinadas sectas que, dominadas por absurdos credos, asumían que se podía superar la necesidad física inherente al ser humano en pos de un autocontrol que yo consideraba fuera de lugar, a todas luces inmisericorde, descerebrado y, en definitiva carente de justificación práctica. ¿La ausencia de deseo? Pero si es lo que ha movido las civilizaciones hasta donde conocemos a lo largo de la historia.

- No pienses mal, es que siempre hemos hallado mayor placer en nuestras conversaciones y escritos.

- ¡Ya! Voy a estar aquí unos días, así que habrá tiempo de pormenorizar en nuestro proyecto. Me parece bien, acepto el reto –mientras asentía con la cabeza complacido de que Fabricio hubiese confiado en mi capacidad y sapiencia para abordar dicha labor. Si algo había aprendido es que la capacidad de narrativa y de concreción de cada individuo en sentencias, resultados y conclusiones eran muy diferentes; pero partiría de sus escritos para enriquecer con mis propias conjeturas los ensayo en gestación.

No hubo tiempo para descansar y pasamos a otra gran sala, sobria, decorada con un minimalismo ecléctico y sin símbolos religiosos evidentes. En el centro de la estancia se encontraba el féretro, que abrió un auxiliar, para contemplar a un ser fantásticamente maquillado. El efecto era devastador ya que parecía dormitar una siesta con una expresión facial de gran placidez. Se nos manifestaba como en su mejor momento y parecía querer despertarse y hablarnos, siempre fue un gran contertulio. Iba trajeado con corbata y chaqueta negras y camisa azul; nunca vestía así salvo para su intervenciones y ponencias; era mucho más sencillo y siempre conservó un alto grado de humildad pese a su espectacular retorica. 

Se nos mostraba una vez más como ejemplo de virtudes; hasta muerto manifestaba el gesto de quien, conocedor de tanto, escucha a quién, con instinto o diligencia, fuera capaz de ofrecerle nuevos datos para cualquier coloquio de meditación sosegada.


El féretro se encontraba rodeado de grandes sillones y sofás para facilitar el largo velatorio que nos esperaba.

- Mañana habrá una misa a las 9:00 horas de la mañana y el entierro se producirá a las 10:00 horas. Todavía queda mucha gente por venir a presentar sus respeto a Fabri, era muy querido por mucha gente – dijo Rose cogiéndome la mano, poniendo punto y final a nuestra conversación y haciendo un ademán para significarme la presencia del mobiliario que a tal fin se disponía, para propiciar nuestro reposo.

Pensé cual larga se haría la noche, cuantas conversaciones flotarían sobre nuestras cabezas en torno a literatura, arte, historia…, cuantas versarían sobre la vida y logros de nuestro colega y cuantas sobre su pobre viuda, tan joven y atractiva. El género masculino, por fisiología, suceda lo que suceda, en pos de la perpetuidad de la especie, redundaría en conversaciones sobre Rose, sin duda. Y yo me incluiría entre los últimos,… claro está.

Continuará...

Loki

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