martes, 12 de agosto de 2014

El sepelio. Segunda parte y última






Y así, tal cual he descrito transcurrió la tarde. Y tal y como había previsto Rose, cientos de personas se dejaron caer para presentar sus respetos al yacente, que parecía complacido. La mayoría de ellos y ellas eran jóvenes estudiantes, que dejaban caer por sus mejillas sendas lagrimas, fruto de una aflicción compartida. Había sido un hombre encantador, querido por su obra por su legado y por su carácter y yo pensaba egoístamente si a mi muerte sucedería lo mismo.

A las 21:00 horas empunto pasaron al menos cinco camareros de catering con carritos alargados de viandas variadas, tipo sándwich y canapés, y algún carrito con bebidas frías y calientes, con un caldo suave pero de sabor intenso, que identifique como gulasch húngaro. La comida nos reconfortó y preparo para la noche en vela. Pero nos relajó demasiado y se empezaron a producir largos silencios e intercambios de miradas en las que todos los presentes intentábamos dar signos de lo dolidos que nos encontrábamos. La imagen general solo era perturbada por las salidas del recinto para tomar el aire o fumar, o por las idas y venidas a los lavabos para aliviar la presión sobre los esfínteres.

En una de las ocasiones, al ir a entrar al excusado de los hombres, mi mirada se cruzó con la de Rose, que salía por una puerta lateral a un patio de pequeños y bien podados naranjos, recortados con formas geométricas diversas. Me dirigí a su encuentro y la hallé sollozando, con las manos en su rostro, sentada en un banco labrado de mármol veteado. Me conmovió por fin constatar una actitud humana en aquel ser excesivamente responsable y predecible.

Me senté a su lado, despacio, sin que mi presencia le fuera percibida. Y solo cuando puse mi mano derecha sobre su hombro, su sobresalto me alertó acerca de su total ausencia terrenal.

- ¡Perdona! No quería…
- ¡Ah!  Eres tú. No había encontrado el momento para llorar mi amargura.
- Es normal. Estas llevando esto sola. ¿Me permites que me ocupe de algún asunto pendiente? Sabes que voy a estar unos días…
- Gracias eres muy amable. Fabri no se equivocaba al describirte: “un fugaz soplo de aire travieso”.
- Bueno, supongo que siempre fui un complemento a su severidad.
- El siempre te describió como un hombre contento y jovial en el desarrollo de sus trabajos, me decía envidiar tu capacidad para no agobiarte y sonreír y bromear hasta en los periodos de trabajo más arduos.
- Es mi carácter. Y supongo que un fin en sí mismo. Mi propósito vital es no dejar que la vida se consuma sin sacar ni un ápice de felicidad hasta en los momentos más tristes. Pero entiendo que debes romper en sollozos y dejar fluir la rabia de tu situación. Si además, como yo, eres agnóstica, cualquier apoyo solo te viene de tu propia introspección, y no es momento para debatirse en mil y una batallas con el yo.
 - Tus palabras me sosiegan. Eres un encanto, sin duda. Ahora entiendo por qué él veía en ti lo que yo constato en este instante.
- Agradezco tus palabras. Me son muy gratas, pero excesivas, por supuesto. No me conoces lo suficiente.
- He estudiado antropología, psicología, psicopedagogía y sociología evolutiva para saber con pocos gestos qué tipo de persona eres. Y, como poco, has logrado con tus palabras devolverme al mundo que pretendo dominar y que me produce estabilidad: el de una buena conversación con un buen interlocutor.
- Es muy presuntuoso por tu parte creerte capaz de juzgar a un individuo con tan solo unas frases, y en mi caso adulador por tu dictamen, pero ¿Qué parte dejas en tu imaginación analítica a la sorpresa y a descubrir que hay personas cuya fachada es solo el frontón de una arquitectura interior desastrosa?
- Tengo veintiocho años y mi experiencia me dice que esos individuos de los que hablas suelen dirimir sus ideas dejando siempre flancos abiertos que descubren sus estrategias. Y suelen ser tan egocéntricos y prepotentes que descuidan sus palabras hasta caer, antes o después, en aseveraciones contradictorias, descuidadas o mordaces, que los hacen parecer óxido sobre el bronce más delicado.
- Es correcto tu argumento, pero hay individuos capaces de aprender métodos de seducción difíciles de vislumbrar. Y entre ellos se hallan notables policías, investigadores, políticos e incluso líderes religiosos de notable aceptación mundial. Su vigencia es innata a la propia estructura global de nuestra sociedad.
- Correcto, y excepto por la propuesta que ya te hice de retomar la labor inacabada de mi marido, que solo tú y yo conocemos ¿puedes decirme qué interés puedo yo tener para ese tipo de individuos?
- Pues está claro. Querida Rose, tu presencia física es evocadora, te lo podría decir más claro, pero seguro caería en tópicos machistas aunque fuesen los piropos más refinados.

Se produjo un silencio breve que me hizo pensar en que por fin había conseguido callar a aquel torbellino humano, aquel tornado de ideas que era Rose. Y meditaba a toda velocidad la tajante respuesta que me daría, ya que era de esas mujeres que acostumbradas a las insinuaciones, almacenaban en su polvorín, una serie de respuestas básicas y contundentes en gradación a la misiva enviada. Cuando iba a empezar a hablar interrumpieron en el patio dos personas más, que, habiendo descubierto el acceso por medio de lo que parecía una puerta de evacuación, se quedaron mudas ante nuestras caras, que las miraban fijamente en silencio. Pronunciaron un buenas noches de cortesía y se dieron la vuelta enfundando sus mecheros y cigarrillos para otra ocasión.

- Sí, quizás. Pero una mujer como yo ya está acostumbrada a ese tipo de inquietud. Y conoce todas las respuestas. Es más fácil de lo que crees sortear dichos obstáculos.
- ¿Por qué?... Quiero decir… Caben dos posibilidades: o estás plenamente colmada y no tienes necesidades o, precisamente eso, eres un ser carente absolutamente de dicha necesidad, eres hermafrodita o carente de deseo.
- No es eso, por favor. Es que siempre he entendido que mi deseo representaba un esfuerzo que me distraía de lo que me complace absolutamente: mi labor investigadora.
- Pero sabrás bien que cualquier investigador que se precia deja siempre rasgos al azar, ya que éste muchas veces cobra protagonismo, y da lugar a conjeturas que jamás se postularon a priori. Es la ley pura de la experimentación, que tan buenos resultados dio allende los tiempos.
- Sí, y es correcto que el azar nos convoque ocasiones. pero también es cierto que dicha esperanza nos distrae a veces de lo tangible, lo inmediato, que, por descuido fue desechado.
- Pero eso es el instinto y estás renunciando a ello.
- Si está relacionado con el puro deseo sexual… ¡Sí!
- Bueno, si te refieres al deseo por actuar para obtener un fin placentero, puedo llegar a darte la razón; pero si es el deseo que conduce al placer carnal, fruto de nuestros instintos de satisfacernos y satisfacer, renuncias a uno de los principales motores que mueven mi vitalidad, existencia y consecución de mis logros en todos mis proyectos.

De nuevo logré callarla. Se mente debía ralentizarse para buscar en los archivos de su memoria una respuesta coherente, una tesis que contradijese o revocase la mía.

Sin duda alguna todo aquello la satisfacía. Y a mí también, que veía como la provocaba una y otra vez para cuestionar su modus vivendi, su estabilidad; ya alterada por las circunstancias que, precisamente ahora, la obligaban a no recapacitar y a asentarse en los valores inquebrantables de su relación con Fabriccio. Estaba siendo cruel por momentos pero mi psique disfrutaba cada instante al debatir filosóficamente con Rose. No tardó en lanzar su siguiente andanada. Esta vez sería a mí a quien dejaría sin palabras.



- Francesco. Si no supiera quién eres dudaría acerca de la intencionalidad de tus palabras. Pero entiendo que tu melodía es simplemente aire fresco que me oxigena y distrae, en momentos tan difíciles para mí. Eres una persona atractiva, puedo decírtelo sin rubor, pero inicias un juego del que hace tiempo olvidé sus reglas. No por lo que argumentas sino porque nunca encontré placer en ello. En cuanto a que desperdicio de mujer soy, ya escuché esos desdeñables comentarios anteriormente en la facultad; fue precisamente allí donde Fabri me sedujo por su simple interés en mi capacidad mental, y no por mi físico. Aunque no renuncie a la satisfacción, ni a mi condición femenina, pero sé satisfacerme de formas que no ha lugar mencionar. Todo es más sencillo para mí de lo que piensas.

Mientras terminaba de escucharla me eché hacia delante, apoyando mis codos en mis rodillas y cabeceé para fijar la mirada en mis brillantes zapatos.

- ¡Ves que fácil es todo!... Agradezco tu dedicación y atención a mi persona. Siento tu apoyo y doy gracias por esta nutrida conversación. Has logrado calmarme… ¡Buenas noches! –y se levantó despacio para entrar nuevamente en la sala, donde, de seguro, rodearían ampliamente con su cariño los presentes; era la protagonista accidental de la lúgubre velada.

Permanecí todavía unos instantes antes de sentir de nuevo la imperiosa necesidad de orinar que allí, momentos antes, me había llevado. Y medité brevemente acerca de lo que mi colega Rose se perdía de la esencia natural de nuestros organismos: la pasión. Pero inmediatamente deduje que cabía la posibilidad de que solo se tiene la sensación de pérdida cuando se prescinde de lo que se conoce y que, por el contrario, es fácil no depender de aquello que nunca se experimentó.

Mientras bajaba la cremallera de mi pantalón frente al lujoso urinario de mármol rosa veteado pensaba en que mi síntesis del problema encajaba con el carácter despojado de dependencias de Fabriccio. Un hombre al que solo colmaban una gran sala de conferencias, la lectura en voz alta de alguno de los pasajes de su último libro o la entrega de un diploma o medalla por sus méritos en su campo de estudio. Rose había conocido a un dios encarnado en un hombre alto, con gafas y pelo y barba blancos y copiosos. Un sabio que brindaba desinteresadamente sus conocimientos a todo aquel que prestara sus oídos un instante. Así era, la verdad. Un seductor de la palabra, como su maestro Shakespeare.

Sobre las 1:00 horas de la madrugada el decano y vicedecano de la facultad, que había conocido a media tarde, ya en confianza, me hablaban de la posibilidad de salir del campo santo para tomar alguna copa en un pub cercano. No era correcto pero el ambiente empezaba a ser sórdido con algún que otro llanto fugaz, acompañado de ronquidos de algún colega excesivamente acomodado.

Y así fue, pero no una ni dos, llegamos a cinco copas y a un estado de embriaguez de ese que consideraríamos simpático, de ese que desinhibe y te hace expresar sin pudor lo indecoroso y fuera de toda regla cívica.

A la vuelta al cementerio, el ambiente no solo no había mejorado sino que rayaba en lo académico. Cualquiera que no hubiera sido del gremio hubiese preferido estar en cualquier otro velatorio. No hay reunión más pedante que aquella en la que el miembro más mísero es el becario de investigación, rodeado de rectores, catedráticos, doctores y los decanos de las facultades adyacentes.

Yo tenía en la cara la chispa que siempre me había caracterizado, y sin pretenderlo, me hallaba rodeado de féminas de todas las edades que encontraban en mi ingenio la escusa perfecta para evadirse, aunque solo fuera momentáneamente, del tedio de ésta, a mi parecer, aburrida convención social. Rose me miraba entre la gente, no sé si con una intención recriminatoria o complacida de mi capacidad de concitar al género femenino con o sin intención. Eran ya casi las 4:00 horas de la madrugada, pero mi expresividad, gestualidad y narrativa encandilaba a los presentes con las anécdotas docentes de mi labor de años, y la idiosincrasia italiana, que contrastaba con el carácter estirado de la clase académica, más anglosajona, de los americanos.



De nuevo el alcohol realizaba su llamada, tras su paso por la sangre y su tamiz en el hígado y riñones, para su reciclaje. Me disculpé y dirigí gentilmente al w.c. para aliviar mi continencia y, al salir, vi como otra vez Rose entraba llorando en el aseo femenino. Sin reparo alguno y sin pensar en lo inadecuado de la acción que iba a realizar, entré tras la bella joven con idea de consolarla. Ella, con las manos apoyadas en el largo mostrador de lavabos, me miró atónita. Pero no articuló palabra. Me acerqué despacio por detrás mientras me seguía con la mirada y la abracé fuertemente hasta contemplar que, vencida, dejaba caer su cabeza sobre la mía y asía mis manos, a modo de agradecimiento por reconfortarla.

Desgraciadamente, el tierno momento fue perturbado por un acto reflejo, de índole fisiológico, como respuesta inevitable al roce de sus nalgas contra mi miembro, que se erectó lenta pero inexorablemente. El brusco despertar de Rose y su mirada fija desde el espejo contrastaban con la mueca con la que debí propinarle, alarmado por lo instintivo. Ella sonrió, yo me la comí con la mirada.

- Francesco, yo…

Ahora era yo el que, sin tabús de ningún tipo, turbada la razón bajo los efectos del alcohol y seducido hacía horas por lo involuntario de sus ademanes morbosos, no la dejaría pronunciarse, ni articular palabra si quiera.

- Francesco.. ¡NO!… ¡Por fa…

Con la mano izquierda le tapé la boca mientras le mordía el cuello suavemente, lo justo para, con mi lengua, saborear su blanca piel. Con la mano derecha asía fuertemente la zona que, sobre su monte de venus, me permitía apretar su culo contra mi erguido miembro. Ella, por el empuje, posó de nuevo sus manos sobre el entarimado de mármol de los lavabos en serie del aseo y no volvió a decir nada. Llevaba un día tan pleno de sensaciones que ya no albergaba fuerzas para la insumisión a una fuerza mayor: la del macho que va a poseer a su hembra.



Miraba libidinosamente sus gestos a través del espejo y su rostro parecía estremecerse con cada recorrido de mis ávidas manos: en su espalda, arqueándola para llegar a su trasero; su cintura, que apretaba con deseo; sus nalgas, que manoseaba sin pudor; un suave recorrido que me dirigía frontalmente a su sexo, golpeado repetidamente por mis envites contra el duro y frio mármol; y sus muslos, que se tensaban espontáneamente para relajarse en un acto de entrega mística. Le subí su estrecha falda hasta la cintura, allí donde el ribete de sus medias negras marcaba la frontera entre el tejido y su suave piel. Deslicé mis dedos para agarrarla con pasión y se conmovió en un escalofrío profundo que recorrió todo su cuerpo y que le hizo morderse el labio inferior. Su no resistencia me enervaba. Su rendición ante el deseo más brutal me excitaba todavía más.

Deslicé sus medias pausada, suavemente, hasta la mitad del muslo para introducir por detrás mi mano derecha, entre sus nalgas y tocar su húmeda vulva. Mi pene empezaba a sentirse oprimido en mis ajustados pantalones y,  sin soltar su dulce coñito, con la mano izquierda desabroché mi cinturón, el botón y la cremallera para, forzosamente dar oxígeno a mi enaltecida polla; que pasó a rellenar, apretujándome, la línea que sus cachetas describen hasta su perdición. El instante se prolongó tanto como pude, basculando mi cuerpo hacia arriba y hacia abajo en un movimiento que me proporcionaba una extraordinaria cuasi masturbación con la raja de su apetitoso trasero. Después, cuando mi estado de efervescencia me obligaba a parar para evitar su incontrolada explosión, suavemente, conduje mis dedos a la parte superior de sus braguitas para bajarlas muy lentamente. Ella arqueó su espalda para pronunciar una curva mayor del templo que los hombres más idolatramos: la de su sexo. Una nueva mirada de su cara denotaba hilaridad, excitación y, en definitiva, liberación de un deseo contenido tiempo ha. Mordí, lamí, pellizqué y palpé a placer sus tiernos glúteos para finalmente abrirlos e introducir mi boca en ellos, en busca de los tesoros prohibidos, los de una mujer de mente ajena a la lujuria.

Sus gemidos, contracciones y leves cosquilleos que movieron todo su cuerpo de arriba abajo, poniendo la piel de sus brazos con el vello de gallina, me dieron las pautas a seguir y la confirmación de una actuación certera.

Con un gesto violento abrí sus piernas y rompí, en dos o tres tiempos, sus medias y sus bragas negras de encaje. Los muslos quedaron marcados con leves líneas rojas, fruto de la fuerza que impusieron mis deseos. Sus breves alaridos y sus gemidos daban fe de su entrega y su mano derecha, que casi me arranca el pelo, confirmaron su éxtasis.

A continuación, también bruscamente la giré y empecé a lamerle la entrepierna delicada y salvajemente al mismo tiempo. Sus dos manos agarraron mi pelo en un gesto que buscaba que mi lengua se introdujese lo más posible en su mojada vagina. Cuando empecé a lamerle el clítoris, tras separar con mis dedos, como pude, los labios mayores, su orgasmo no tardó en llegar. Me arrancó literalmente mechones de pelo y se mordió el labio hasta herirse y sangrar. Un gemido largo, sordo y profundo puso el punto y final, que unas lágrimas cayendo por su mejilla remataron; tal como una mártir sometida a tortura, con unos ojos desdibujados obra del mismísimo pintor El Greco.

La miré fijamente, con lágrimas en los ojos también, me sentía conmovido por su actuación y mi excitación remitía en pos a un terrible sentimiento de culpa por lo sucedido.

- ¡Nunca había sentido ésto, Dios mío Francesco! –dijo cogiendo mi cara con las dos manos, elevándola para que la mirara fijamente. Ella había percibido mi vergüenza, mi acto de contrición.
- ¿Nunca habías tenido un orgasmo? –dije esbozando una leve sonrisa, fruto del que descubre un nuevo mundo para su amada.
- Supongo que no… No te avergüences… Necesitábamos desfogar –dijo con una mirada dulce de clara connivencia.

La abracé con ahínco para sentir su respiración entrecortada y bajé mis manos para con un rápido movimiento subirla sobre la fría tarima. Soltó un leve y entrecortado ¡Ay!... Mientras me echaba los brazos para rodear mi cuello.


Hábilmente separé sus piernas e introduje mi glande en su pequeña cueva. De nuevo noté como exhalaba aire caliente sobre mi cara dando rienda suelta, por fin, a sus instintos más básicos para ser poseída. Mi polla entraba muy lentamente saboreando instantes de auténtico placer, haciendo que el momento se nos hiciera eterno. Intentando perpetuar en nuestras mentes tan delicioso ritual de goce. Cuando mi excitación se descontrolaba pidiendo estallar ralentizaba el ritmo de mis embestidas.

No sé cuanto duró aquello, pero es algo que nunca olvidaré, ya que nunca anteriormente, había sentido tanto placer al poseer e una mujer. La probabilidad de que aquello hubiera sucedido era demasiado escasa, y en esos breves lapsus de tiempo que el acto sexual te permite alcanzar a la razón, pensaba en lo afortunado del hecho del que estaba siendo protagonista. 

Solo brotaban de nuestros labios palabras dulces, aduladoras y de una preciosa complicidad. Era una declaración de amor consentida. Una muestra de afecto sincero y de pasión elevada.



Cuando me corrí en su interior la besé con deleite. Cogí su cara con ambas manos y me fundí con ella, ignorando ambos lo incómodo de la postura. Nada parecía distraernos de aquella comunión carnal y espiritual a la par. Nuestros cuerpos, fundidos en uno, parecían reclamar el descanso del uno sobre el otro.

Tras esos instantes atemporales, sin dimensión humana, sin  dimensión física, nos recompusimos con la mayor brevedad posible nuestras prendas de vestir al ser conscientes de lo precaria de nuestra situación y la posibilidad de que alguien entrase en aquellas dependencias; algo que no nos había preocupado lo más mínimo instantes antes.

Aquel episodio quedó en nuestras mentes de una forma pastosa, que se rememoraba una y otra vez durante el resto del sepelio. Hasta cuando enterraron a mi amigo fijaba mi mirada perdida en el rostro de Rose, saboreando todavía lo sucedido. Ella respondía la mirada, seria, preocupada por la distracción que yo le producía, y que podía ser evidente para los demás. Pero no derramó más lágrimas. Se mantuvo firme, serena y concentrada entre aquella gente ajena a nuestra aventura.

Cuando terminó todo y la gente se fue despidiendo gentilmente de los demás y de la afligida viuda, esperé al momento para dirigirle unas palabras.

- Rose ¿Quieres que te acompañe a casa?
- ¡Sí! Por favor. Pero haz algo más, recoge las maletas de tu hotel y ven a casa discretamente. Debemos hablar de los trabajos pendientes.
- ¡Bien!... Me parece correcto. No tardaré.

Por supuesto, tardamos días en retomar el encargo de Fabriccio, Rose tenía demasiados trabajos pendientes para ponerse al día en su sexualidad, ahora placentera, consentida y degustada. A mí, como comprenderéis, no me importó en absoluto convertirme en el instructor improvisado en las artes del placer. Y solo para comer o ducharnos paramos en nuestra labor.

¡Ah! Se me olvidaba, también tuve tiempo para llamar al rector y solicitar la plaza de Fabriccio en la universidad, que de inmediato me fue concedida. ¡Qué labor más ingente desarrollaría en los Estados Unidos de América!

Loki

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