martes, 5 de agosto de 2014

Jaisalmer y las especias del dolor






Tenía algo más de cuarenta años cuando decidí hacer este viaje, necesitaba romper con la monotonía y la rutina que me empezaba a martillear haciendo de mí una mujer apática y sin ilusiones. Quería empezar de nuevo. En algún rincón del alma tenía escondido el cajón de una nueva vida, lo abrí y me gustó lo que apareció ante mí, cerré el de la vida pasada y solo me llevé conmigo los bonitos recuerdos.


Iba a comenzar un viaje a lo desconocido, un país extraño, gente extraña y una cultura ancestral dónde poder perderme aprendiendo y experimentando una nueva forma de vida: la India.


Me atraía el color de las ropas, de las casas, el olor desmesurado de las comidas aderezadas con multitud de especias. Era como abrir un mundo nuevo a los sentidos recorriendo cada uno de ellos. Jamás imaginé que podía sentir tanto placer con solo oler y saborear; las especias hacían de cada plato una experiencia tántrica, que, regado con algún delicioso licor, hacía que me perdiera dentro de mi ser llegando al más apetecible orgasmo de sensaciones, servido de forma picante, dulce, amarga o ácida.


Alquilé una casita en una ciudad llamada Jaisalmer. Es la ciudad dorada de la india, un lugar donde parece que el tiempo haya sido detenido, una ciudad donde el tórrido calor del verano invita a la desnudez.


Es una ciudad labrada en medio del desierto, donde cualquier edificio es majestuoso y sus calles una secuencia poética que se enreda en un entramado color arena. Era un mundo diferente al que conocí, pero intrigante y curioso. 


Cuando caía la noche y soplaba el suave viento fresco, me sentaba en mi terraza situada en la parte superior de la casa y contemplaba la ciudad con sus luces suaves, el trasiego de personas deambulando por sus calles y el olor… ¡Uhm! Ese olor que inundaba toda la ciudad.


El aroma a especias en las comidas, en los postres, en los perfumes hacían aflorar ardientes deseos contenidos en mí. Sentí entonces una enorme curiosidad por saber de la relación que existía entre las especias y el sexo. Compré libros, investigué y quise poner en práctica lo que me estaba cautivando en aquella ciudad.


Las mujeres que en ella habitan visten el sari, que son prendas elaboradas con delicadas telas confeccionadas en algodón o seda de varios colores. Los hombres visten el dhoti, confeccionado en algodón de color blanco o crema, y el kurta, una especie de túnica larga de algodón, que suelen combinar con el dhoti.



 
En cuanto al sexo son peculiares, me fascinó como clasificaban los hombres a las mujeres según sus gustos. 


Cuentan en los tratados hindúes sobre sexo que las mujeres se dividen en cuatro clases. La mujer loto, como la buena amante, a las que les gusta vestir con ropas blancas y brillantes; suelen ser de piel blanca, suave y fina, como el loto amarilla; tiene el rostro placentero y su cuerpo es voluptuoso; sus pechos son duros, altos y llenos y su yoni (el yoni exterior es la vulva y el yoni interior la vagina) es como un capullo de loto. La mujer loto no encuentra satisfacción en la cópula nocturna, en cambio lo mismo que el loto diurno, cualquier varón la podrá satisfacer plenamente copulando con ella en las horas de sol cuando su vagina y todo su cuerpo emanan los poderosos e irresistibles aromas del loto en flor.


Por el contrario hablan de la mujer arte como una excelente amante en la noche; son de pelo negro, su cuerpo es frágil, la cintura estrecha, los pechos grandes, los muslos fuertes y las caderas provocativas. El vello que rodea su yoni es escaso y su monte de venus es suave, elevado y redondo. Le gusta los placeres y la variedad y su goce sexual es como el loto nocturno, que se abre en toda su plenitud cuando lo acarician los rayos de la luna.


La que más gusta a los hombres es la mujer concha ya que es excepcional en el sexo. Su piel es amarillenta o pardusca y siempre está caliente y curtida; su yoni suele ser húmedo y tiene sabor salado, su divina abertura está siempre entreabierta debajo de una abundante mata de vello. Es una amante excepcional ya que siempre está dispuesta a recibir y dar placer. Su pasión sexual es extrema en el momento del goce, clavando las uñas en la carne de quien la posee. 


La mujer elefante es difícil de saciar; es de baja estatura, cuerpo grueso, piel clara, cabello pajizo y labios carnosos y grandes; su yoni es amplio en la entrada y se estrecha en el interior. Lenta en el amor y difícil de satisfacer, solo es saciada con una cópula muy prolongada. Casi nunca queda satisfecha, es la mujer ideal para la práctica de sexo en grupo. Es glotona, desvergonzada e irascible con quienes no le satisfagan sexualmente; no tiene hora para amar, es la más mundana de todas.


Cuanta información empezaba a guardar y es que al verlos moverse con aquellas ropas y colores estridentes me maravillaba. Todos ellos y ellas con piel morena, cabellos negros, ojos castaños y un aire de sensualidad en sus cuerpos.


Una tarde tomando un café y perdida entre mis pensamientos, conocí a Setnam. Es un chico de unos treinta y cinco años que se había afincado en Jaisalmer. Había estudiado arte y aquella ciudad le tenía hechizado por su majestuosidad; trabajaba en la cafetería que había ubicada en una pequeña plaza cerca de mi casa. Vivía dignamente con lo que le pagaban y los encargos artísticos que le llegaban. 


Setnam se acercó a mí para preguntarme si deseaba algo más, cuando volví los ojos hacia él mi mundo se paró, en ese instante; la profundidad de sus ojos verdes me paralizó y sentí un calor en mis mejillas cuando él, con aquella sensual sonrisa, me volvió a preguntar educadamente. No podía dejar de mirarlo… Era perfecto.


- Sí, discúlpeme. Tráigame un vaso de agua y la cuenta, por favor.


¡Dios! Necesitaba beber. Mi boca se había secado y sentía un calor apabullante en todo mi cuerpo. Mi mente procesó rápidamente toda aquella visión. Era guapísimo: ojos penetrantes, sonrisa perfecta, voz potente y varonil, cabello oscuro y un cuerpo de locura. ¡Dios! De dónde había sacado aquel hombre esos músculos tan bien proporcionados. Su forma de moverse me provocaba sentimientos encontrados entre lo que deseo y no debo hacer. Cuando Setnam volvió a mi mesa le pregunté dónde podía comprar un sari y él se ofreció cortésmente a acompañarme, ya que era obvio que era una extranjera y necesitaba alguien que me orientara por aquel entresijo de calles.

Me pidió que le esperara, que su turno estaba a punto de acabar, y acepté. Nos dirigimos a una pequeña tienda situada al norte de la ciudad, era un comercio familiar, de esos que se traspasan de padres a hijos; en ella encontré una diversidad de telas preciosas y unos saris de ensueño; me decidí por varios de ellos en seda, ya que me parecían más frescos y ligeros. Opté por tres colores: turquesa, rojo y dorado y negro; el negro tenía unas incrustaciones doradas que lo hacían deliciosamente provocador. Me probé el sari negro y la mirada de Setnam fue cautivadora, el contraste de mi piel blanca con el negro del sari provocaba en Setnam estímulos de deseos que quedaban reflejados en su mirada.



Al salir fuimos caminando por la angosta calle hasta llegar a una de esas tiendas típicas de especias, su aroma provocaba en mí deseos irrefrenables que me transportaban a algunos de esos palacios típicos de la ciudad donde sentirme una diosa deseada por sus súbditos. Setnam y yo hablamos durante todo el recorrido de vuelta, en una conversación intrascendente que dio lugar a miradas de una connivencia delatadora.




Llegamos a casa y le invité a cenar en agradecimiento por la maravillosa tarde que me había ofrecido. Descorché una botella de kesma, un vino tinto elaborado en Nasik. Y estuvimos bebiendo y charlando sobre la vida en Jaisalmer, mientras yo preparaba una suculenta cena; arroz especiado con berenjenas y yogurt, cordero con calabaza y almendras y helva de zanahorias, todo ello mezclado con las deliciosas especias de la canela, utilizada durante cientos de años como remedio casero para mejorar el sexo subiendo la libido; el comino, cuyos aceites esenciales eran usados como filtros de amor; y el cardamomo, una de las especias originarias de aquí y que es un poderoso estimulante sexual.


¡Madre mía, mal empezamos! El aroma de las especias esparcía por la casa pensamientos lujuriosos tanto para Setnam como para mí.


Después de la copiosa cena nos fuimos a la terraza a tomar el aire mientras saboreábamos una taza de te hindú a la pimienta. Cuentan que la pimienta tiene un alto poder afrodisiaco, provocando sensaciones momentáneamente sexuales e intensificando la libido, además de estimular los deseos eróticos. El delicioso contraste del te con el chispeante sabor de la pimienta hacía que en mi boca se provocase una dulce reacción dejando mis labios hinchados, casi transmitiendo un mensaje sexual explícito.


Me había puesto ropa cómoda en cuanto llegué a casa, una camiseta blanca y unos leggins negros, no me había puesto sujetador, mis pechos eran de un tamaño mediano, ni grandes ni pequeños, bien formados y en su lugar, así que no era necesario en ese momento llevarlo, y resultaba más sugerente el movimiento de mis pechos al caminar. Como empezaba a refrescar los pezones se endurecieron, aunque no sé si era por el fresco o por el deseo, lo cual no pasó  inadvertido a mi compañero hindú, que tamizaba una leve sonrisa al descubrir en mí el propósito de mi ritual.  Decidimos que era mejor pasar dentro de la casa y mientras tomábamos un coñac para entrar en calor le hablé de las sensaciones que aquella bella ciudad me producía y el interés que tenía por el amplio mundo de las especias y él me habló del poder que tenían muchas de ellas y como eran usadas en su país a modo de afrodisiaco. La conversación tornó caliente e interesante. Me fui a la cocina a preparar café para continuar con aquella ardiente conversación cuando, al regresar, vi su mirada debocada y pude adivinar a través de su dhoti la erección de su pene. Se levantó como un huracán y comenzó a besarme, eran unos besos apasionados, locos; sus manos me agarraban fuertemente los brazos detrás de mi espalda; no me dejaba moverme y mi cuerpo empezaba a sentir el mismo deseo, pero a la vez necesitaba caricias suaves, algo que él no me iba a conceder. No estaba acostumbrada a ese tipo de deseo, siempre que me había acostado con un hombre, ellos me hacían el amor, pero Setnam no quería hacerme el amor: quería follar conmigo, me gustase o no. 




Mientras que con una mano me sujetaba los brazos con la otra exploraba cada rincón de mi cuerpo, me apretaba, me marcaba. Me desnudó y me hizo sentar en un taburete, me ató las manos a la espalda, me separó las piernas y me las ató, de los tobillos a cada una de las patas de una robusta mesa de madera y me vendó los ojos con una suave tela de color negro.

No sé si él sabía que podía ocurrir esto, pero estaba preparado, ya que llevaba varias cintas en un bolsillo de sus ropas. Una vez me tuvo como quería, sometida a su antojo y expuesta para él, comenzó a tratarme como un objeto, como una esclava sexual que debía satisfacer sus deseos. Sentía sus manos por todo mi cuerpo, pellizcándome y dándome ligeros azotes. Tuve un poco de miedo, le acababa de conocer y no sabía de sus propósitos. Lo que estaba claro es que estaba dispuesta a consentir y no me opuse, tal vez porque no sabía que en algún momento me iba a sentir dañada. Le oí dirigirse hacia algún lugar de la estancia, cuando regresó noté que hacía algo, pero no imaginaba lo que era. Había preparado una especie de mezcla con miel, canela y vainilla. Esta combinación era muy afrodisiaca. El olor de la vainilla actuaba inmediatamente sobre mi estimulación mientras para él, el sabor, le producía euforia. Por supuesto, la canela, elevaba nuestra libido y la miel aumentaba la testosterona; la hormona directamente relacionada con el deseo y la capacidad de tener orgasmos. Comenzó a untarme el cuerpo con aquel ungüento pegajoso y de delicioso aroma; me chupó y lamió como si fuera un plato de su gusto servido para él. Me estremecía el tacto de su lengua al chuparme fuertemente, llegando a dejarme marcas en la piel.
 



Cuando acabó, me llevó al baño sin quitarme la venda y las ataduras de las manos, me lavó y secó. Una vez limpia me llevó de nuevo al pequeño saloncito, me tumbó en la mesa volviéndome a atar las piernas. Me sentía muy excitada, a punto de tener un orgasmo. Mi coñito se mojaba una y otra vez, quería correrme pero él no me dejaba; era una tortura. Me pellizcaba los pezones, sentía dolor cuando lo hacía pero no quería que parase. De repente, cuando más concentrada estaba, recreándome en la sensación que me producía en los pezones, introdujo sus dedos dentro de mi vagina follándome con ellos. Yo gemía, el placer que sentía me volvía loca y cuando estuve a punto, sacó los dedos y se dispuso a azotarme por todo el cuerpo; algunos de aquellos azotes eran fuertes y eran los que le producían más placer a él, al ver en mi rostro el rictus del dolor. Sus manos hablaban por él. Me agarró fuerte y me metió la polla hasta el fondo, sentía sus gemidos, sentía su placer, y yo gritaba de dolor y gusto pues sus embestidas eran contundentes mientras sus dedos me penetraban analmente. Metía y sacaba su miembro del mío de una manera rápida y certera hundiéndola hasta lo más hondo de mi ser. Me temblaba todo el cuerpo. Sentía como todos mis músculos se tensaban y fue entonces cuando él estallo en un enorme gemido y se derramó sobre mí. Fue un orgasmo de diez para él, porque yo aun no había podido correrme, no me había dejado. Una vez se calmó fue acariciándome y untándome su semen por todo mi cuerpo. Me abrió de nuevo las piernas y me dijo:


- ¡Ahora disfruta, puta!


Con sus manos me abrió la vulva y comenzó a masturbarme; mientras lo hacía dijo que era el principio, que era una puta que tenía que ser dominada, que tenía que obedecerle y ser sumisa, que era su esclava, que era mi dueño. Mi clítoris estaba ya tan hinchado con aquel delicioso masaje y aquellas palabras que me encendieron que no aguanté, me corrí en sus manos de forma sobrenatural mientras oía una y otra vez:


- ¡Córrete puta!


Cuando acabé y me calmé de aquel divino orgasmo, él me abrazó y acarició de forma deliciosa y tierna; lo que no me había concedido al principio me lo daba ahora; y lloré como una niña, no sé si por las sensaciones que había experimentado o por el dolor que sentía en mi cuerpo. Él seguía besándome y acariciándome hasta que en sus brazos quedé dormida.


Al día siguiente, cuando desperté, él no estaba. La casa estaba recogida, como si allí no hubiera pasado nada, como si de un sueño se tratase. Me fui a la ducha y recorrí cada marca de mi cuerpo, recordando cada instante. Pasó el tiempo y aquellas marcas iban desapareciendo y añoraba aquellos momentos en el que fui usada como esclava sexual de un hombre hindú al que no conocía. 


Así fue como, en Jaisalmer, fui introducida en el mundo BDSM de la mano de Setnam, convirtiéndose en mi amo. Y todo, como siempre, acompañado por el toque chispeante de las especias y de la magia sensual de la ciudad dorada de Jaisalmer.


Freija

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...