viernes, 1 de agosto de 2014

Noche de pub




Eran ya las 4:00 a.m. y el pub estaba a tope. Ya llevaba 4 cubatas y dos chupitos. Mis amigas hacían lo posible por qué cogiésemos el “punto” con premura. Nos divertíamos así los fines de semana para olvidar el tedio de los días anteriores de arduo trabajo. La oficina nos tenía hartas  y, ya se sabe, hay que trabajar para vivir… ¡No vivir para trabajar!.

Había terminado con la relación tortuosa de un novio aburrido; de esas personas que vegetan por el mundo sin un ápice de gracia o chispa por la vida. El mundo se abría para mí. Era joven… solo tenía veinte años.

No tenía intención de complicarme la vida con urgencia. Disfrutaría de lo que el destino me deparase, de lo que la vida me ofreciera en cada momento. Y con esa premisa, nos mostrábamos a todo aquel que deambulaba por el bar. Llamándoles la atención con nuestras risas, bailes y ademanes. 

Llevaba una minifalda vaquera, top de color negro, medias de rejilla y unos tacones altos. Me derretían con las miradas todos los tipos que, entre el humo y el trasiego, posaban sus ojos en mí. Mis amigas iban de la misma guisa.

- ¡Ahí vamos! Se van a enterar –habíamos dicho todas al vernos vestidas para la juerga.

Ya me habían entrado dos chicos, uno rubio, alto, bien parecido; el otro castaño, de tosca apariencia, y ninguno de ellos me había atraído lo más mínimo.

Así que me apartaba de ellos con gestos displicentes, corteses pero rotundos. Mi vista se fijaba en el moreno, alto, de unos 1,85 cm. que vestía unos vaqueros ajustados, camiseta de la NBA y unas deportivas blancas. Pero estaba bien acompañado y no dejaba de besarse con la que parecía su pareja.

Y así continuó la noche hasta que, en un momento en el que el muchacho moreno se dirigió a la barra a pedir bebidas, me rozó con el brazo y me miró de forma penetrante.

- ¿Más caldito? –Le dije de forma seductora.
- ¡Qué no falte! –Me respondió hundiendo su mirada en mi escote. 

Luego subió muy despacio, en lo que me pareció una eternidad, sus ojos recorriendo mi cuello, mi boca y finalmente… mis ojos. Se ruborizó. E instintivamente apartó la mirada buscando el lugar dónde se encontraba su acompañante.

- No te cortes –Le susurré al oído.
- Mirar no cuesta dinero –Le insistí.

Intentando que no se sintiera incómodo con mi presencia y dándole a entender que no pretendía nada serio. Sólo mostrarle mi admiración por su estupendo físico. Estaba claro que hacía mucho deporte, no fumaba y bebía con mesura. Ya llevaba observándolo largo rato.

Incluso en el estrepitoso ruido reinante en la sala se pudo oír la voz fuerte de la chica que le increpaba por su nombre. Se estaba impacientando.

- ¡Vienes o qué! ¿Crees que no te veo? Julio.
- ¡Ya voy! ¡Ya voy!

La chica se había encelado viéndome hablar con él. La verdad es que iba a por todas con mi atuendo seductor y mi comportamiento de “loba”. Me reí por dentro de pensar en que al chico, simplemente hablar conmigo, le supusiese un quebranto.

Y así fue, la chica cogió un cabreo de órdago. Se le podían leer los labios, cuando se dirigía a él susurrándole al oído y diciéndole…

- ¿Qué te pasa? Yo no estoy aquí para ver como ligas con otras. Me conoces esta misma noche, tonteamos, y en cuanto se te pone un “pivón” al lado, te olvidas de mí. No me gusta tu rollo, ¡Vete a tomar por culo!
- Pero…
- ¡Qué te den! –dijo, mientras abandonaba el local con un desaire digno de una actriz de culebrón.

Yo ya no me reía. Miraba compasivamente al muchacho, que de un sorbo apuraba su bebida y la de ella.

Me acerqué y me senté en el pequeño taburete que había quedado libre justo al lado del cabizbajo chaval. Él me miró, pero no me recriminó el hecho.

- Las tías sois la ostia. No me entero de nada.
- Pues como el 99 % de los tíos –Le dije con una gran sonrisa.

Soltó una carcajada enorme. Con unas pocas palabras le había cambiado el semblante. Echó los brazos sobre la barra, inclinó la cabeza lateralmente, me miró y dijo:

- ¿Qué tomas? Tienes arte, te lo has ganado.
- Un Gin-tonic doble. Para empezar.

Se le abrieron los ojos como platos, y mientras cogía su cartera me hizo un repaso completo. Me miró las piernas, la entrepierna, la cintura, los pechos y terminó su mirada de nuevo en mis ojos mientras sacaba un billete de 50 euros. Me gustó su mirada, estaba claro que le “ponía”.

- ¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos? –me dijo con una sonrisa socarrona.
- ¿Qué hacías con la otra? –Le dije, mientras notaba como el “corte” le subía por la tez hasta sonrosarle.
- ¿Bailamos? –Debía ser cauta o lo espantaría. Era cortado el chico… que se le va a hacer.

Y bailamos. Primero algo prudentes pero luego, cuando el alcohol en sangre empezó a hacerle efecto, y arrimó sus labios a mis mejillas, entendí que era el momento. Me di la vuelta, y la bachata hizo el resto, le pegué el culo a su vaquero y noté como, en un primer instante se retrajo, para embestirme dulcemente en repetidas ocasiones al compás del baile. Sus manos se agarraron a mi cintura y empezó a susurrarme al oído palabras ininteligibles que poco a poco se fueron dilucidando.

- ¡Joder! ¡Cómo te mueves guapa!
- ¿Te pone?  – Le respondí a bocajarro. Si no lo pillaba es que era muy cortito. Pero lo pilló.
- ¡Mucho! Sigue así.

Y noté como su miembro iba creciendo a medida de su deseo por mi sinuoso culo. Le tomé las manos y se las puse donde la minifalda deja asomar mis muslos. Ni corto ni perezoso empezó a meter sus manos por debajo, dejado casi al descubierto mis intimidades delante de todos.

- Despacito -le susurré volviendo mi cara mientras él me daba un leve mordisquito en el cuello.

Mis amigas nos observaban y me hacían guiños o levantaban el pulgar a modo de aprobación. Les ponía cachondas mi descaro al ver como todo el pub estaba pendiente de nosotros. Julio lo notó también y se retrajo.

- ¡Estamos dando el cante!
- Vayamos a un lugar más apartado –mientras le cogía la mano para conducirlo hacia un pequeño hall que hacía de antesala de los cuartos de baño.

Una vez allí, me apoyé contra la pared y él se puso delante de mí. Nos miramos durante un buen rato y nuestros ojos hablaban deseo. Él acercó sus labios hacia los mios y nos fundimos en un beso salvaje. Las lenguas fueron una y los labios se entumecieron de humedad y pasión hasta doler. Mientras tanto, nuestras manos recorrían nuestros cuerpos en busca de la preciada sensación de la tibia piel. 

Julio quería consumar allí mismo y perdía la noción de la ubicación. Lo arrastré hasta los baños y nos introdujimos dentro de uno de ellos. Cerramos la puerta a trompicones sin tener en cuenta los que salían y entraban; que parecían entender nuestro propósito. 

Entre leves sonrisas y jadeos, el sonido que llegaba desde fuera empezaba a mostrarse lejano, empezamos a magrearnos sin control alguno. A los dos nos faltaban manos para abarcar todo aquello que en aquel momento deseábamos. Y en este sentido, Julio, por ser hombre, quería convertirlo todo en un juego acelerado, donde las caricias y flirteos dieran paso a un desenfrenado “aquí te pillo aquí te mato”.

- ¡Despacito hombre! Va a haber tiempo para todo.

Él se cortó y tuve que tomar las riendas del combate. Y empecé una premeditada coreografía, que las mujeres tenemos bien aprendida para ralentizar y hacer del acto sexual una película de gran metraje, no un corto de acción. Metí mis manos por debajo de su camiseta buscando el incipiente vello en el pecho del joven y, en una maniobra medida, desposeerlo de la prenda. A continuación recorrí con mis labios y lengua su torso mientras sus manos permanecían posadas en paralelo sobre mi cintura, sintiendo mis suaves contoneos. Él había echado su cabeza hacia detrás, apoyándola sobre los azulejos, y emitía leves gemidos incontrolados. Desabroché sus vaqueros, que oprimían su verga, dejando ver unos bóxer blancos empapados de sus jugos. Instintivamente me ayudó a bajarlos hasta la altura de las rodillas y fue entonces cuando contemplé sus hermosas abdominales, una tableta de chocolate perfecta; de esas cuya simetría es difícil de encontrar, dónde las inferiores se remarcan para dar lugar a un ángulo inguinal digno de una escultura clásica.

Se estremecía a la par que quería tomar protagonismo en las acciones; yo le rectificaba y le cogía las manos para depositarlas en mis senos. Pero era más fuerte que yo, y empezaba a desvestirme de forma autoritaria. El top negro no tardó en salir por mi cabeza, dejando ver mi pequeño sujetador negro de encaje. Estaba exultante y las pupilas se le dilataban con lo que veía: mis pezones translucían incluso en un color tan plano como oscuro. Me los pellizcó mientras mis manos apretaban su miembro. Y entonces se acompasaron nuestros gritos y gemidos.

Estaba claro que nuestro control desaparecía y la voluntad perdida daba paso a actos intensos, desmedidos o sobredimensionados que preparaban nuestros sexos para el siguiente acto. Magistralmente él se deshizo del sujetador con una sola mano mientras yo bajaba sus calzoncillos para dejar, cual catapulta, saltar su pene desafiantemente mórbido. Cuando empecé a chuparle el glande se inclinó hacia delante para arañarme la espalda, lo que me produjo unas contracciones en todo el cuerpo hasta terminar doliéndome mi clítoris. Todas sus acciones terminaban reflejadas en el mismo sitio y, por ende, cualquiera de las mías le producía lo mismo. Me cogió la cara con ambas manos y, jadeante, me elevó para liberarme de la felación y llevarme a sus labios, que mordió con fruición. Todavía mi boca tenía su sabor pero ninguno de los dos lo apreciamos; cuando se participa de este modo todos los fluidos, sudores y eyaculaciones son una sola cosa y  a la vez un global de degustación.

- ¡Aghhh!

Grité cuando introdujo sus manos por debajo de la minifalda e hizo añicos mis medias de rejilla tirando de ellas con ambas manos. Con las braguitas sucedió de forma similar, no se contentó con bajarlas suavemente: las arrancó con diligencia. Su postura ante el sexo era imperativa y su autoridad física me violentaba sexualmente de un modo complaciente. Me dejaría llevar por su dominio ya que mi mente no tenía capacidad para tamizar tal cantidad de información sensorial. Empezó a comerme mi entrepierna intensamente, y, aunque estaba de pié y con las piernas juntas, logró introducir su lengua y beber el jugo que empapaba mi clítoris inflamado. 

Con decisión se levantó, me dio la vuelta, y asió mis manos para juntarlas por encima de mi cabeza y apoyarlas sobre el espejo del lavabo. 

- ¡Ni te muevas! –Me susurró al oído con un tono de voz de ultratumba.

Colocó su pene contra mi culo como el colt en la funda de un pistolero y empezó a menearse arriba abajo dulce pero con leves apretones que me golpeaban el pubis contra el frio lavabo. Era evocador y dolorosamente placentero. Bajó para abrirme las piernas y el trasero y me recorrió con su lengua, que penetraba en mis orificios hasta donde su medida permitía. Notaba como mi coñito y mi ano se estremecían y contraccionaban por el efecto de su cálido aliento exhalado. Sus jadeos y gemidos se acompasaban a los míos en una armoniosa sinfonía de placer y goce.

Yo llegué a mi primer orgasmo, con sus lamidos y, consciente él, cuando se produjo, apretó aun más si cabe su lengua contra mi clítoris. Él notó mi rio regando mi entrepierna y se dispuso a penetrarme por detrás, lo que hizo muy muy despacio. Sus manos me apretaban muy fuertemente la cadera para el control absoluto de sus embestidas mientras me indicaba, al ver mi cuerpo estremecerse

-¡Ni se te ocurra bajar los brazos! ¡Ni se te ocurra moverte preciosa! ¡Eres mía!

No noté siquiera el cansancio de mis extremidades, ni el fuerte golpe de mi cuerpo contra los muebles del aseo, todo yo era la prolongación de su cuerpo en busca de su desahogo. Primero introducía levemente y despacio su glande para luego golpear el fondo de mi vagina con dos o tres embestidas muy profundas de su miembro. Sus salvajes movimientos eran acompasados por la banda sonora de mis fuertes alaridos de éxtasis. Y así continuó no calculo el tiempo, hasta que, mordiéndome brutalmente el cuello se corrió dentro de mí. Su expresión verbal del placer fue profunda como la de un toro de lidia cuando muge. Y su cuerpo se acopló al mío para ser un solo ser. Permanecimos ese preciado tiempo que impone nuestra fisiología para recuperar el conocimiento y la razón.

Se separó suavemente de mí, cogió mis manos dulcemente y me dio la vuelta para abrazarme y besarme ahora con gran delicadeza. Nunca sabrá Julio lo que una mujer agradece esos gestos. El se sintió complacido, reflejado su agradecimiento en mi rostro.

-¡Toc Toc!

La puerta del escusado sonaba demandando que termináramos ya, y soltamos una fuerte y acompasada carcajada. No tardamos mucho en recomponernos y yo en quitarme las maltrechas medias, ahora saldría con mi minifalda y sin nada debajo. Él se sonrojaba y disculpaba por sus actos cuando en el fondo disfrutaba pensando lo erótico de la situación.

- Ni sueñes que voy a dejarte ir esta noche. Y menos como vas. Si alguien va a hacerte cosas malas ese seré yo.
- No te preocupes guapo, no pienso dejarte escapar.

El resto de la historia es fácil de imaginar, y tardaría años en contarla, los mismos años que permanecimos unidos. Pero si es importante reseñar que tras miles de polvos volvimos una y otra vez al juego que más placer nos produjo nuestra excelsa vida sexual: a pasar nuestra particular noche de pub

Freija y Loki

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