viernes, 1 de agosto de 2014

Paradoja




Consumía porno por internet casi a diario, excepto cuando trabajaba, iba al gimnasio o quedaba con mis amigos. Ya había cumplido veinte años y solo había tenido experiencias desafortunadas con varias chicas. Pensaba que era un adicto al sexo virtual, que nunca llegaría a tener una relación formal con ninguna chica y que nunca llegaría a satisfacer las fantasías que veía en el monitor de mi antiguo pc, en mi cuarto, en casa de mis padres.


Sí, ya había tenido sexo, pero en cuanto intentaba hacer algo nuevo con mis parejas, éstas lo despreciaban y lo tachaban de violento, asqueroso o enfermo. Lo había hablado con mis colegas y éstos me decían que las chicas eran complicadas, que las fantasías de los hombres eran diferentes a la de las mujeres, que a cierta edad el sexo femenino no era tan abierto, o incluso me reprochaban lo que el más temía…


- Colega, eres violento, asqueroso y un enfermo.

- Ves demasiado porno.

- ¿Te crees que todas las tías son tan guarrillas como las que ves en las pelis o qué?


Decidido a mantener una relación formal con alguna muchacha que conociera a partir de ahora, determiné que dejaría de ver porno, iría al gimnasio todos los días e intentaría pensar en un sexo más convencional.


- Será ella la que me imponga el qué y cómo hacer el amor. Eso es: el amor… No follar. Debo dejar de pensar como un animal sexual.- Pensé convencido de que eso me daría la estabilidad y la salud mental que necesitaba.


De hecho, cuando quedé con mis colegas al salir del gimnasio, para tomar unas cañas, así lo conté.


- Os lo juro, voy a cambiar mi modo de pensar. Estoy decidido a ser un mortal. No un superhombre, con superpoderes y una supersexualidad. 


Asombrosamente, mis colegas se rieron y soltaron comentarios increíbles en comparación a las perlillas que me habían soltado con anterioridad.


- Venga ya tío, si eras nuestro ídolo. (Risas)

- No sé, yo pensaba que nos darías a todos en la boca echándote de novia a la más puta del barrio. (Risas)

- ¡Joder!, me has desmontado el mito. Creí que te saldrías con la tuya. Todos vemos porno: ¡Viva las tías calentorras! (Risas)


A los dos días, un sábado, fui despertado por mis padres, que me comunicaron que no volverían hasta el domingo por la tarde. Que iban a dormir en casa de unos amigos en el campo. Que tuviera cuidado y que no hiciera tonterías. Ya tengo veinte años y todavía me tratan como a un niño, pensé.


Sobre las 11:00 de la mañana partieron mis padres y sólo tardé unos instantes en mandar un wassap a mis colegas invitándolos por la tarde a unas partidas con la consola y una gran fiesta por la noche. Traed bebidas, les dije. Soy joven, no puedo defraudar mi carácter y hormonas en ebullición -me dije entre risas.

Fui al gimnasio y me machacé dos horas entre pesas y ejercicios de cardio. Volqué mi frustración sexual y mi falta de desahogo levantando pre de banca con 110 kilos y curl con 25 kilos. 


- Me he reventado, así no pensaré en sexo -pensé, con no cierta frustración.


Cuando llegué a casa me duché y pensé que debía prepararme algo de comer… ¿Uhm, pollo y arroz?...


- ¡DING DONG! ¡DING DONG! ¡DING DONG! 


El timbre sonó en la puerta insistentemente. Eran las 13:30 horas. ¿Quién podía ser?. No esperaba a mis colegas hasta las 17:00 horas. Y, además, ¡Vaya forma de pegar en la puerta!. A quién fuera le iba a decir dos cositas... 


No miré siquiera por la mirilla, abrí la puerta con la fuerza de un poseso que se machacaba en el gimnasio seis de los siete días de la semana.


- ¡PERO BUE…!


No me dio tiempo a decir más. Me quedé sin palabras al ver a la chica.


Ante él, asustada por la reacción grotesca del chico, se encontraba una hermosa rubia, que parecía venir a vender algo. Tendría unos treinta años, no era delgada y dejaba entrever unos voluptuosos senos y suntuosas caderas. Vestía una chaquetita sobre una camiseta que mostraba el canal que conformaban sus pechos. Tenía unas facciones redonditas, labios carnosos y unos ojos azules espectaculares. No tenía o no parecía tener pintura alguna en su rostro pero era de esas mujeres a las que la naturaleza parecía haber dotado de una tez sonrosada y unos labios rojizos. Los vaqueros ceñidos y unos pequeños tacones la hacían esbelta, prominente, atractiva a la vez que dulce. Portaba un pequeño maletín, y tras unos segundos de duda, dijo…


- Discúlpeme. Soy de la Sociedad de los Buenos y Fieles Hermanos de la Caridad. ¿Me permitiría hablar con usted unos instantes? – le dijo con una voz muy melosa.


Siempre había pensado en el rollo tan increíble que soltaban la pobre gente que iba puerta por puerta vendiendo. Pero la sola idea de deleitarse contemplando tan bella mujer me sedujo, hasta decir…


- Sí, pase. Disculpe mi comportamiento. Es que esperaba a otra persona.


Y me escuché decir tonterías que solo la imaginación de un joven deseoso de todo en la vida pensaría…


- Vera usted. Yo no soy así. Soy gentil. Es que…

- No debe disculparse. Le entiendo. Es muy incomodo asaltar las casas para transmitir nuestro mensaje. ¿Está solo?...

- Sí, mis padres no están – Pensé que de qué manera más tonta me estaba insinuando al hablar de “padres”. Así solo parecía más crio. 

- Permítame entonces. Dijo mientras avanzaba por el hall de la casa hasta el salón, y se sentaba en el sofá.

- ¿Desea tomar algo? – Quería causar buena sensación tras lo sucedido.

- Sí, por favor, un vaso de agua si es tan amable.


Se quitó la chaquetilla mientras le traía en vaso de líquido elemental. Podía haber pedido un refresco de cola, un zumo o quizá algo más fuerte… Esto me llevo a pensar que se trataba de una puritana que le hablaría de la palabra de Dios o de la caridad de los seres humanos hasta hartarlo. Pero bueno, que carajo, disfrutaría de un espectáculo visual magnífico en mi propia casa.


- Vivimos en una sociedad en que no nos conocemos nada los unos a los otros. –Empezó diciendo en voz baja y seductora mientras se inclinaba hacia mí, pronunciando más el pliegue de la camiseta que dejaba entrever unos pechos de campeonato y un pequeño sujetador de encaje que los enaltecía hacia el infinito y más allá.


- No existe la posibilidad de una comunicación sana entre los semejantes. – Prosiguió sin ademán alguno de abrir el contenido de la cartera que había depositado sobre la mesita baja del salón. 


¡Contigo me comunicaba yo a base de bien! Me dije mientras me estremecía pensando en mi propósito de cambio. Y que aquella tentación gratuita me hacía flaquear ante mis buenos propósitos. Tenía sorna el tema: una puritana atractiva me ponía en jaque ante el supuesto de ser una persona más sensata, humana y cordial hacia el género femenino. ¡Vaya paradoja!


- Le ruego no malinterprete mis palabras, es usted muy joven, pero insisto en la idea de que esta sociedad no deja fluir los instintos naturales más bellos. – Y dio un sorbito al agua sin dejar de mirarme con unos ojos más que atrevidos.


¿A qué se refería? ¿A los instintos básicos? ¡Mierda! Empezaba a resultarme incomoda la situación. Parecía una prueba acerca de la determinación de mis empeños. Por momentos miraba a la mujer con ojos libidinosos para luego bajar la mirada no sin arrepentimiento por lo atrevido de mis gestos. ¡Qué putada!


- Usted es…

- No me hable de usted, por favor. Tengo veinte años… soy joven.

- …Muy joven, iba a decir. Ha leído mis pensamientos. Y es por eso que me atrevo a decirle que con su edad es normal mirar lujuriosamente a una mujer.


¡Vaya! Puritana no… ¡Lo siguiente! Esta tía me va a rayar con el tema de la castidad y las bondades de ser puro de corazón y espíritu. Me lo merezco por espabilado.


- Y le digo más… 


Y empezó a quitarse la camiseta estirando sus brazos hacia arriba, dejando ver una barriguita y un ombligo en el que depositaría mi lengua hasta ahogarlo. 


Me quedé estupefacto, mis ojos salieron de orbita y mi boca si abrió sin tener control mental sobre mis músculos para poder cerrarla. Se puso de pié y empezó a desabrocharse los vaqueros sin que pudiese manifestar ningún reproche. Bueno sí, mi pene dejó de sentirse a gusto dentro del pantalón, cualquier espacio le parecía pequeño. Se me puso más dura en un instante que en toda mi vida haciéndome pajas delante del monitor de mi ordenador.


- …He venido a compartir mi cuerpo con el suyo como muestra de bondad humana y le ruego no me rechace.


La ternura con que hablaba contrastaba con la expresividad de la sensualidad de su cuerpo al desnudarse. ¡Era una diosa! ¡Estaba buenísima!


- Pero yo…


No me dio tiempo a pronunciar más que un gran gemido gutural al, con su mano, agarrarme la polla como si quisiera arrancármela. En menos que canta un gallo estaba de cuclillas mordiendo por encima del pantalón mi miembro erecto.


Ya no podía controlarme, mi mente dejo de pensar con la masa gris, ahora era ella quien pensaba: mis 19 cm de piel y cartílago inyectados de sangre hasta los topes. Me iba a estallar. Con un rápido gesto me había bajado los pantalones y sus labios y lengua acariciaban mi glande. Su boca exhalaba un calor delicioso que no era capaz de soportar. Fue entonces cuando ella se dio cuenta de que podía correrme en cualquier momento y me dijo…


- Tranquilo, esto no ha hecho más que empezar.


Tal y como estaba, de rodillas, se inclinó sobre el maletín de la mesa y comenzó a abrirlo. Yo introduje mi mano por sus braguitas para notar un culo grande y prieto.


- Rómpeme las bragas –dijo, como una orden a la que no podía negarme. Ella mandaba.


Coloqué mis manos en sus caderas, introduje mis dedos entre sus braguitas dónde más finas me parecieron y tiré con fuerza. Se rasgaron al tiempo que ella soltaba un pequeño alarido morboso e indescriptible. Ya no estaba al 100%... estaba al 500%. Había llegado al sumun de   mi excitación. No sabía lo que me esperaba.


La maleta contenía juguetes eróticos de todo tipo: consoladores, tapones anales, látigos, bolas chinas, y un largo etcétera que visualicé con los ojos más abiertos que mi rostro ha gesticulado en toda su vida.


- Métemelo por el culito. –Dijo mientras me entregaba un tapón anal con unas dimensiones desproporcionadas para lo estrecho de su ojete.


Instintivamente me llevé los dedos a la boca, los llené de saliva y los unté en su culito abierto. Ella misma se había puesto a cuatro patas sobre el sofá y el lenguaje corporal hablaba por sí solo. Empecé a introducir el dildo en su ano mientras ella soltaba pequeños gemidos de placer y dolor.


- No tengas miedo… ¡hasta el fondo!

- ¡Oh Dios mío! – Me salió del alma. Intentando vivir aquel momento a la más pronunciada cámara lenta.

Era indescriptible la cantidad de sensaciones que recorrían mi cuerpo. Como un japonés, intentaba mentalmente sacar instantáneas de cada una de las imágenes que su cuerpo desnudo producían sobre la verde tela del sofá de mis padres.


Su ano se había dilatado extraordinariamente y pude sacar y volver a meterlo muchas veces hasta que noté que mi propia saliva había mojado su coño, que ahora se mostraba más que apetecible. Le di la vuelta, la recosté y empecé a comerle la vulva primero despacio y luego con frenesí. Se mojó entera con sus jugos y con los míos propios. Babeaba sobre ella. Me agarraba la cabeza con las dos manos y me hacía introducirle la lengua lo más profundo que mi sin hueso podía. Mientras tanto mis manos libres recorrieron sus caderas hacia abajo y hacia arriba. Hacia abajo con las palmas de mis manos sujetaba sus templadas y duras nalgas, que después de masajear abandonaba para subir, de nuevo por sus caderas, a la barriguita y a sus pechos, que apretaba con fruición. Sus pezones eran deliciosos, se esos que se muestran blandos al principio y se endurecen hasta arrugar la piel en un instinto de arrancarse del propio cuerpo. Eran volcanes en erupción, y por su propia naturaleza retorcían la piel, sonrosados, apuntando a lo más alto. Yo los pellizcaba y rozaba con mis dedos para sentir su éxtasis.


Cuando mis dientes mordían su clítoris de una forma suave pero contundente y la recorría de arriba abajo con la lengua, ella decidió que debía quitarse el tapón anal. Fue entonces cuando con fuerza manipuló mi cabeza para que introdujese la humedad de mi boca en su ano.


No sé cuánto tiempo estuve chupando y mordiendo, introduciendo mi lengua y mis dedos por doquier. El tiempo no existe cuando dos personas se complementan de ese modo; buscando el deseo propio y ajeno para ser algo mutuo y absoluto.


- ¡Voy a follarte! –Le dije, tembloroso, espasmódico. No podía más. Me hubiese corrido mil veces.


Subió las piernas al mismo tiempo que las elevaba sobre su cabeza sujetándoselas con ambas manos. Se abría para mí. Me miró con deseo y dijo…


- Méteme tu polla poquito a poco y luego golpéala hasta el fondo. Quiero sentirte fuerte.


Así lo hice, metí poquito a poquito el glande mientras se abrían sus labios carnosos y húmedos. Su clítoris inflamado se dejaba ver y parecía temblar cada vez que me movía. Finalmente cuando la había introducido totalmente empecé a embestirla cada vez con más fuerza. Gritaba y gemía con cada embestida. Dejó que tomara el control de sus piernas y ella empezó a manosearse sus pechos, a recogerse el pelo y a estirazar su espalda de un modo que nunca había visto. Estaba claro que esta mujer disfrutaba del sexo. ¿Puritana? ¡Era un putón salvaje!


Cuando ella supo que estaba llegando al límite que todo hombre tiene de autocontrol sobre su miembro me dijo…


- Dame la vuelta, métemela por el culo e inúndalo con tu leche.

- ¡Dios mío! –me salió de dentro. No sé porque razón nos volvemos tan religiosos en esos momentos.  


Así lo hice. Le di la vuelta violentamente, casi queriendo hacerle daño, a lo que ella respondió abriéndose con sus propias manos la puerta de atrás. La penetré con fuerza, sin cuidado; dolorosamente para ambos. Gritamos al mismo tiempo con un alarido que tuvieron que escuchar todos los vecinos del bloque.


Me corrí pavorosamente mientras la apretaba contra mí asiendo su cintura fuertemente. Lloré de placer y me mantuve dentro de ella todo el tiempo que mi polla se mantuvo erecta. Finalmente me abracé como un niño suplicando sus caricias. Era el hombre más feliz del mundo. Me sentía colmado.


Cuando el deseo remitió, y mientras me acariciaba la cabeza, por mi mente pasó la idea de que me rayaría con el tema de que ahora debía yo colaborar con sus hermanos de la caridad. No sucedió así, me miró, me dio un muerdo increíble y se vistió despacio, mientras contemplaba al guerrero abatido, saliendo de casa y cerrando la puerta muy despacio.


Recreaba mentalmente lo sucedido hasta entrar en el nirvana. No comí. No dormí siesta. Contaba los minutos hasta que llegaran mis amigos para relatarle lo sucedido.


- Tíos, no os vais a creer lo que me ha sucedido esta mañana. ¡Vais a flipar!

- Y tú no vas a creer lo que nos ha costado encontrar una puta de calidad a las 11.00 de la mañana.


Ellos rieron hasta caer rendidos. Yo estuve a punto de cometer un asesinato múltiple. Por la noche entre copas todos reímos mientras me hacían repetirles una vez y otra la historia, con todo lujo de detalles.


Tres años después me casé, tuve dos hijos. Le di tiempo a mi esposa, y ella me dio tiempo a mí, para realizar sexualmente mil y una fantasías diferentes a las que aquel día experimenté. Y posiblemente más satisfactorias.


Pero nunca olvidaré a la vendedora putón y al detalle de mis amigos.


Y, por supuesto, nunca volví a abrir la puerta a ningún vendedor a domicilio. Ni mujer ni hombre… ¡Por si acaso!


Loki

1 comentario:

  1. Un relato muy divertido, y muy sensual, me ha gustado mucho.
    Saludos.

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