viernes, 15 de agosto de 2014

Orgasmo al sol




Las primeras horas de la tarde habían comenzado grises, pero poco a poco el viento suave y húmedo de aquella primavera dispersaba las nubes dejando paso entre ellas a unos atrevidos rayos de sol.

Ella miraba a través del cristal aquellos rayos y notaba cómo su piel respondía al tacto del calor. Tras la ventana había un maravilloso jardín privado lleno de flores, el perfume embriagador que emanaba de ellas, invitaba a salir.

Ella se desnudó y se tumbó en la hierba fresca y mojada, dejándose llevar por el silencio, el aroma y el sol. Aquellos rayos de sol que descaradamente recorrían su cuerpo le hizo recordar el calor del deseo, un deseo loco y salvaje. 


Él estaba lejos y, desde hacía días, no podía sentir su cuerpo, le necesitaba. Necesitaba satisfacer aquel deseo y comenzó a acariciar su cuerpo.

El sol seguía haciendo de las suyas, calentando su piel, sus manos, recorriendo sus pechos, y sus dedos tropezaban con la dureza de sus pezones; se habían puesto muy duros, tanto, que casi sentía dolor al rozarlos.


Sus manos seguían bajando por su cuerpo, arrastrando el deseo hasta sus caderas, las cuales ya habían empezado a moverse a un ritmo suave intentando hallar el miembro masculino que anhelaba. Notaba como su sexo se humedecía preparándose para recibir… pero él no estaba allí para satisfacer aquel deseo. 

Sus manos siguieron su camino, llegando así hasta su coño; empezó a acariciarlo primero muy suave, como queriendo parar el tiempo en aquel dulce instante, siguió acariciándose buscando la parte más placentera y no dudó cuando llegó hasta el clítoris.

Sus gemidos de placer inundaban el silencio de aquella tarde, necesitaba que él la follara de aquel modo que a ella le gustaba: fuerte. 


Fue entonces cuando sus dedos penetraron dentro de su vagina, ya no podía parar, no quería parar. Y una y otra vez metía y sacaba sus dedos de sus coño y una y otra vez seguía acariciando su clítoris hasta llegar a ese momento en que su cuerpo explotó en mil pedazos, gritando y gimiendo de placer. Él no estaba allí para calmar aquel estado de excitación, pero ella lo sintió como si tal, besándole y recorriendo su cuerpo con sus manos suavemente como había empezado, y dejando que aquellos atrevidos rayos de sol acariciaran y calentaran su piel.

Así trascurrió aquella tarde y todas las que le siguieron hasta que él regresara. 

Solo ella y el sol, una pareja extraña, distante, diferente…  pero muy calientes.    

Freija

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